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¡Vamos con el 26!.
Os deseo lo mejor en este nuevo año que está apunto de comenzar.
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Tanta preocupación (un tanto contradictoria, eso sí) por nuestra intimidad. Si alguien nos fotografía en la calle, si nos filman, si nuestras aplicaciones comparten nuestros datos… Ese ojo de “Gran Hermano” que sentimos siempre encima de nosotros… tanta preocupación y no nos damos cuenta que una persona cualquiera nos observa con mucha atención. Ese individuo con una cámara en la mano.
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Capturar la complejidad de nuestro mundo en una sola fotografía es todo un reto. Algunos intentan por todos los medios hacernos ver otra cosa, una imagen del mundo distinta, pero la realidad es tozuda, la realidad se llama poco a engaños. Con el año llegando a su fin, cargado de sus dificultades, y el nuevo año a la vuelta de la esquina, heredando los mismos problemas, ahora más que nunca siento la necesidad de celebrar la diversidad.
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Van quedando menos días para acabar el año y parece como si fuera justo de fuerzas. Ahora es cuando más necesito energía para superar estas fechas, especialmente de cara a la Navidad. Energía para superarlas con optimismo y ganas. Energía para seguir haciendo fotografías.
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Hay lugares y horas con luces imposibles donde el sensor de la cámara hace maravillas para intentar sacar algo de provecho de la intención malévola del autor de turno. Personalmente, no me intimidan las condiciones de poca luz; simplemente aumento el ISO hasta más allá y un poco más, que luego hay un ruido que te mueres, pues tanto mejor y sí, para mí es grano fotográfico, no ruido. Grano digital, claro, pero tan ricamente, sin mayor problema.
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Mientras edito la foto que subo hoy, me doy cuenta de que ya debería estar pensando en la Navidad. Me gustaría ir publicando fotos más acordes con las fiestas que se acercan. Al menos esa es la sensación que tengo con tanta publicidad insistiendo en ello, lo de las fiestas me refiero. Sin embargo, salgo poco a fotografiar estos días, siempre he sentido cierta pereza y reconozco falta de motivación a la hora de tomar fotos pensando en la Navidad. No puedo con tanto cliché. Quizás solo sea otra manía a superar, una más apuntada en la lista. En cualquier caso, encuentro más espontaneidad en cualquier otros momentos del año, y aunque no garantizo que mi mirada sea plenamente objetiva (¿quién puede?), sí puedo afirmar que lo que retrato sucedió.
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Fotografiar el reflejo que nos devuelve un espejo, un escaparate o similar es adentrarse en un mundo desconocido, diferente, donde todo es posible porque lo que captas casi seguro pasa inadvertido, es en apariencia irrelevante y, más que cualquier otra cosa, completamente fugaz. Sin embargo, ahí dentro hay un mundo lleno de vida que complementa lo conocido y habitual, donde todo aquel que lo habita es ajeno a lo que sucede en este otro lado. Transgredir sus fronteras siempre me resulta inquietante.
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Lluvia, lluvia, prisas, prisas, lluvia y humedad. Todo se agita. Se estremece la calle delante del objetivo. La cámara se moja y el parasol mantiene la lente limpia a duras penas. ¡Qué difícil resulta fotografiar en medio de la lluvia!, pero ofrece tantas posibilidades: el movimiento, las texturas, las capas superpuestas y la gente a su aire, sin preocuparse demasiado por mi presencia en la acera con una cámara en la mano. ¡Tengo que volver!, me digo mientras edito esta fotografía. Veamos la previsión de la meteo, ¿para cuando lluvias?.
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Retratar Madrid, es retratar a sus gentes, sus usos y costumbres. Creo que en alguna ocasión ya he escrito aquí mismo que cuando salgo a caminar con la cámara es como si llevase un bloc de notas, una libreta de acción rápida para registrar aquello que me llama la atención. Puede ser un detalle, una gráfica o una escena pasajera e inmortal a la vez. Intento no juzgar lo que veo, simplemente lo retrato con un toque de empatía. Incluso si algo no me gusta del todo, intento el lado documental de la escena. Y es lo que procuro hacer últimamente después de pasar demasiado tiempo buscando como me gustaría que fuese la ciudad, sin entender que Madrid es lo que es, al margen de mi opinión, de cualquier opinión personal. Creo sinceramente que esta es la mejor manera de comprender la ciudad, también cómo somos, y me doy cuenta de que es en sus calles donde me siento más cómodo fotografiando. No hay mucho más misterio que eso.
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Si hay un lugar emblemático en Madrid ese es sin duda La Puerta del Sol. No carente de lacras que la afean y cierta cutrez gracias a la insistencia de diferentes equipos de gobierno municipal, empeñados todos en mejorar una y otra vez la plaza, logrando sin embargo, relegarla un poco más al gabinete de los horrores y atropellos urbanísticos. Y llevamos unos cuantos. El caso es que a pesar de todo eso, no puedo negar sus posibilidades sin límites a nivel fotográfico. Es un lugar de encuentro donde foráneos y autóctonos se entrecruzan mezclándose en infinidad de olores, colores y lenguas, además de la publicidad, las marcas y los eslóganes. Yo lo tengo como tradición, pasar por allí con cámara a mano, una o dos veces al mes, o quizás más.
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Vuelvo a la ciudad después de un tiempo pateando los montes y los bosques. Con una mirada similar para fotografiar cosas tan distintas me siento un animal algo extraño y por eso comienzo por aquellos lugares que conozco bien. El reencuentro siempre es alentador y observar estas curiosas formas y costumbres nuestras siempre me procuran cierta extrañeza e inspiración.
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“Aprendemos múltiples maneras de ajustar nuestras cámaras sin prestar demasiada atención a la manera en la que vemos”.
“Lo que más me sorprende es que podamos mirar una mancha de tinta de dos dimensiones sobre un papel y reconstruir una imagen que signifique algo y evoque en nosotros emociones similares a las que sentimos cuando observamos en directo una escena natural.”
Galen Rowell