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No me refiero a esas cartas escritas a mano que solíamos intercambiar por correo entre familiares y amigos. ¡Qué tiempos aquellos, amig@s!. Me refiero a esas otras cartas que se encuentran colgadas en una pared o en un tablón a la entrada del bar. Ese otro montón de palabras que crean un conjunto emocional, sugerente y lleno de expectativas, dependiendo de la hora del día y el lugar donde se encuentren. Son una fuente de alegría para el curioso que pasa por casualidad o el turista accidental que descubre una pequeña joya escondida en una calle menor de cualquier ciudad; y deciden participar en ese juego entre promesas y decepciones, entre sorpresas y alguna que otra frustración. En amarillo sobre muro blanco, la carta lucía llamativa.
