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Yo diría que es volver a la esencia de lo básico, volver a sentir, sin prisas, lo que nos depara el día, sin juicios de valor ni ideas preconcebidas. Aceptarnos y adaptarnos. Volver a caminar bajo la lluvia con una sonrisa de felicidad.
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Yo diría que es volver a la esencia de lo básico, volver a sentir, sin prisas, lo que nos depara el día, sin juicios de valor ni ideas preconcebidas. Aceptarnos y adaptarnos. Volver a caminar bajo la lluvia con una sonrisa de felicidad.
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Ya no quedan lugares donde refugiarse de las sombras, especialmente cuando estas cobran todo el protagonismo y moldean la certeza y la posibilidad a su gusto. Las sombras son la esencia de la fotografía, es cierto que existen gracias a la luz, pero incluso así, en ocasiones, parece que fueran a llenar el encuadre hasta hacer desaparecer cualquier rayo de esperanza.
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Este pequeño espacio es ya un refugio seguro, un diario fotográfico que aunque "flota" en este universo de lo intangible, lo tengo identificado por coordenadas mentales bien precisas. Un lugar que un buen día amueblé con una pequeña estantería donde voy colocando libros cuidadosamente seleccionados, alguna que otra fotografía en papel (aquellas que en algún momento despertaron mi interés), una espaciosa mesa que me permite visualizar las instantáneas con calma y un buen sillón, de esos giratorios, reclinable y cómodo, para pasar largos ratos (tampoco tantos) sentado. Con luz, mucha luz, toda si es posible y así permitirme soñar. Un lugar de escape, de vida. Y creo que me falta camino por recorrer, también en este rincón. Carezco de habilidad para articular las palabras con elegancia y sentido literario, que supongo, algún día llegará. O nunca probablemente. Y me falta, sobre todo, captar fotografías realmente interesantes, distintas, de esas que no olvidas cuando las ves por primera vez y quedan ya retenidas en la memoria para siempre, en un pequeño archivador de alguna estantería en el espacio íntimo y personal de cada cual, quizás con la etiqueta "Úa".
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Si, lo sé, es primavera y aquí sigo entre salas de museos, visitando exposiciones y viendo mucha fotografía. Mirando aprendo, siempre encuentro similitudes, miradas que comparto, puntos de vista fotográficos muy parecidos con los que me identifico. Y siempre la duda: la idea que pensaba desarrollar ya se ha hecho hace no sé cuantos años; esa manera de encuadrar, de mirar que creía "tan mía", parece copia de miradas y encuadres anteriores en el tiempo. La fotografía es creación y como tal obra creativa está expuesta a la incertidumbre, a la duda, incluso al cuestionamiento de la legitimidad de los principios mostrados. Y debe de ser así. Nada nuevo, quizás un exceso de inseguridad…, luego entra revoloteando otra idea entre pensamientos negativos, mientras, todo se desvanece lentamente y me obligo a recordar que esto es un juego, una afición seria, si, pero fundamentalmente un divertimento sin mayor gloria. Además ya es primavera.
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El resultado “brumoso” de la maravillosa combinación de diafragmas abiertos e Isos muy elevados sientan muy bien a espacios amplios, sencillos, sutiles donde los juegos de los distintos planos y los contrastes de luz se unen para procurar fotografías interesantes.
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Algo tienen los museos que me atraen poderosamente, en el sentido fotográfico me refiero. Podría argumentar muchas razones: la intimidad que allí se respira, la tranquilidad de los visitantes, el tiempo y el “tempo” que envuelve todo, la luz, claro, y esa sensación de poder pensar la fotografía antes de realizarla. Supongo que esa curiosa mezcla de características hacen que me sienta cómo fotografiando en los museos, paseando por sus salas y deambulando entre el público.
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Me senté en una mesa cerca de él, preparando mi cámara. No pude evitar imaginar sus palabras escritas, incluso sus pensamientos. ¡Qué forma tan interesante de abstraerse, imaginar lo que otros piensan e incluso escriben! ¿Quién sabe?, igual estaba tomando notas para su próxima novela. El ambiente, la situación, la luz, todo parecía perfecto para una fotografía, pero no tenía intención de romper la tranquilidad del lugar. Un clic y el suave sonido del obturador fueron los únicos sonidos que se colaron entre el bullicio de la calle. También pedí un té y me quedé un buen rato perdido en mis ideas. Después pagué y me fui caminando. Él seguía allí sentado, escribiendo sus propios pensamientos.
Los misterios en blanco y negro son más sustanciales. ¡Cuánto debo al cine negro de los años 50!. Y cuánta cultura visual almacenamos en nuestros cerebros sin apenas percatarnos de ello. Lo más interesante de todo esto es llegar a ser consciente de ese aprendizaje y aplicarlo, claro, también en la fotografía.
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Las circunstancias me llevaron a mirar al cielo. Allí mismo se estaba desarrollando uno de esos momentos mágicos, intrascendentes, si, pero cargado de emoción y singularidad. Quizás estemos perdiendo la capacidad de emocionarnos con las pequeñas cosas.
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Da hasta miedo encender la Tv para ver las noticias, pavor hojear el periódico y terror escuchar la radio o leer algún post en internet. Prefiero mirar al cielo, que hasta el momento me suele devolver alguna que otra curiosidad sin mayores consecuencias; ver para buscar pequeños rincones reconfortantes que me recuerdan que la vida es lo más importante y que somos detalles insignificantes entre tantas cosas.
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“Una aguja sobre el cielo te atrapa como un hechizo, te engancha y te columpia en un embrujo, y entonces sabes, entonces comprendes que volverás toda tu vida”
Miriam García
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Asumo que en fotografía menos es más y que componer se trata más bien de restar elementos del encuadre, no añadirlos. Dos máximas que suelo tener siempre presentes y de las que me considero firme defensor. Sin embargo en ocasiones me divierte intentar solucionar escenas complejas, esas donde se multiplican los planos y las transparencias se confunden con los reflejos sin definir del todo cual es cual. Son como vidas superpuestas, mundos individuales que se mezclan para crear una posible realidad e incluso un principio de verdad. Y me resulta inquietante lo mucho que tienen que ver esas fotografías con nuestro tiempo actual, donde el desconcierto, el ruido y la mentira ocultan cualquier resquicio de cierta verdad.
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La curiosidad me llevó a realizar esta fotografía, luego la “vestí” un poco de cierto misterio, monocromo, grano, textura,… pero la huella ahí queda, marcando el número para siempre. Un juego de críos con balón puede llevarnos a lugares insospechados, quizás tenga algo que ver con aquel dicho "aleteo de una mariposa" que explica muy bien la teoría del caos y el "efecto mariposa”, para que al final podamos entender cómo acciones y decisiones minúsculas pueden tener consecuencias impredecibles. Todos dependemos de todo.
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Nuestra actual época se revisará o estudiará en un futuro lejano, entre otras muchas características, como un crecimiento impensable de la cantidad de imágenes que se tomaron, se conservaron y se publicaron. ¿Servirá para que las futuras generaciones entiendan mejor nuestro tiempo?.
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Y si todo fuese tan sencillo como silbar, tan práctico como entornar los labios y emitir una notas de alguna melodía más o menos conocida o quizás improvisada para la ocasión. Comunicarnos, eso siempre, pero hay algo en el silbido, algo que tiene que ver con la armonía, con lo sutil e incluso con un buen estado de ánimo. De alguna manera esta fotografía que publico lo muestra, la miro y recuerdo perfectamente el momento en que hice la toma y no puedo reprimir una sonrisa.
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La mesa me procuraba la superficie lisa y neutra suficientemente grande como para jugar con planos superpuestos. Es una manía, una manera de encuadrar que me gusta repetir. Otra forma de destacar el sujeto central. Nada más. Entonces imagino las palabras y las frases que esas personas podrían estar leyendo, y quiero pensar que son textos con cierta relevancia, algo importante y enriquecedor, algún contenido que les permita la reflexión que les procure valorar otros puntos de vista y enriquecer sus horizontes. Quiero imaginar que podemos ser mejores, incluso algo más humanos.
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Suelo salir a la calle con una idea clara de qué tipo de fotos quiero hacer, como si fuera un reto o un ejercicio para agudizar mi percepción. Pero, ¡ay!, otras cosas me llaman la atención: unos pies, un ángulo, una esquina, un rótulo… Y lo curioso es que cuando me dejo llevar, cuando no me pongo límites y simplemente disfruto del momento, es cuando más me divierto. Luego, cuando pienso en ese ejercicio que me había propuesto al salir de casa, me digo: “¡La próxima vez sí que me lo tomo en serio y sigo el plan al pie de la letra!”. Ya veremos...
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¿Se puede considerar una fotografía de personas de espaldas un retrato?. Buena pregunta que alguna que otra vez me hago. Antecedentes hay desde luego, pero en general es algo poco ortodoxo. Quizás es consecuencia de los tiempos que corren, donde el miedo, la incertidumbre y la desconfianza coartan la iniciativa de la fotografía de calle. En cualquier caso siempre hay detalles en las personas fotografiadas que nos hablan de ellas aún estando de espaldas.
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Es una sensación que me invade de vez en cuando. Como si me quedase sin ideas, sin nada que decir, sin curiosidades que anotar en este FotoDiario. Cierto que ando de cabeza con otros temas, cosas de obras y reformas. Algo bastante ingrato en general y que me absorbe demasiado tiempo. Igual me obsesiono demasiado con todo y podría dejarme llevar, dejar hacer. Cualquier día de estos abrazo el budismo y me reencuentro con mi otro yo, ese que anda desperdigado por vaya usted a saber donde. Y quiero pensar que lo encontraría fotografiando, igual en una sala de algún museo, en un espacio en blanco.