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Encontrar una razón para fotografiar es relativamente sencillo; el motivo, la escena, lo peculiar de la situación,… eso es lo que remueve mil sensaciones en el subconsciente y en última instancia lo que provoca que realicemos una instantánea.
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Encontrar una razón para fotografiar es relativamente sencillo; el motivo, la escena, lo peculiar de la situación,… eso es lo que remueve mil sensaciones en el subconsciente y en última instancia lo que provoca que realicemos una instantánea.
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Por alguna razón solo paso por los puestos de los libreros de la Cuesta de Moyano de Madrid en otoño o invierno. Quizás por esa sensación que procura el sol de media mañana cuando los días ya son fríos y apetece pararse a hojear algún título, sin prisas, sintiendo el sol en la espalda. También por aquello de eliminar de la ecuación a tanto turista deambulando por el centro, también entre puestos y casetas. Si, lo sé, yo también soy turista o quizás “fototurista”, que no sé que es peor. El caso es que la foto que ilustra estas líneas es de hace un par de inviernos, pero creo que podría pertenecer a casi cualquier invierno de los últimos 5 o 10 años, incluso tal vez más. Y es que hay cosas que cambian poco o muy poco.
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Es increíble cómo una fotografía puede cambiar su significado dependiendo de quién la mire, de cómo nos sintamos o de si somos jóvenes o mayores. Tal vez porque una de las cualidades de la fotografía es su capacidad para recordarnos lo que olvidamos.
Carlos Gallonet
Sí, y el glorioso cordón umbilical que la fotografía mantiene con el mundo va amoldándose a nuestros cambios según nos hacemos mayores, como un maestro inteligente. La intensidad de lo que yo pude sentir por una persona y luego por su fotografía en 1982 va evolucionando hasta convertirse en un sentimiento solo hacia la fotografía, y lo bien que se ha mantenido esa fotografía impregna mis sensaciones hacia ella.
Nicholas Nixon
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¿Y si la belleza se encuentra también en la imperfección?. Captar la vida es capturar también todo aquello que no encaja con las convicciones sociales de la estética, lo correcto o lo deseable. Como fotógrafo amateur tengo la ventaja de la libertad de fotografíar, sin necesidad de responder ante unos tiempos, unas formas o una estética que caracterizan cualquier encargo profesional. Y renunciar a la dictadura de los dichosos algoritmos de las redes sociales y centrarse en la busque interior como manera de encontrar respuestas, o al menos indagar en las preguntas necesarias.
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Al igual que muchos otros fotógrafos, comencé a hacer fotografías porque quería documentar aquello que contribuye a la esperanza: el insondable misterio y la apabullante belleza del mundo. Sin embargo, a lo largo del camino la cámara captó también pruebas en contra de la esperanza, y al final concluí que también eso formaba parte de las imágenes si quería que fueran veraces y, por tanto, útiles. …
… ¿Qué es lo que nuestra geografía nos lleva a creer?. ¿En qué nos permite creer?. ¿Y qué obligaciones, si las hay, se derivan de nuestras creencias?.
Robert Adams
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Compartir un buen recuerdo, unos instantes de tranquila quietud, incluso sin mediar palabra solo sentirse a su lado. Seguramente se trate del nivel del mar, eso de la relajación viene sin lugar a dudas por el echo incuestionable de que junto al mar la presión sanguínea baja. Y nos encontramos relajados. La subjetividad quizás se encargue del resto de la narración; una breve historia basada en recuerdos y alguna que otra invención literaria, pero sin intención de engañar, tampoco de demostrar nada con lo escrito, solamente sentimientos que guardo en esos rincones de la memoria a los que recurro de vez en cuando. Algo similar a un suave oleaje que acaricia mis pies. Y volver sobre algunos buenos momentos, como el mar regresa sobre unos pies que aguardan en la arena.
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Quizás tan solo se trate de una necesidad acuciante de vacaciones, de desconexión, de perderme en algún lugar poco frecuentado. Y no es nada fácil, lo sé. Aún quedan días de calor en la ciudad. Y cada nuevo día necesito apurarlo hasta su última gota, pero eso no quita que me imagine ya en otras tierras, bajo otros cielos. También es tiempo de mar.
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Le sucede a algunas fotografías. Su aspecto invita a “pasar la mano por encima” aún sabiendo que tan solo es una imagen compuesta por un puñado de píxeles. Y es cosa de las texturas, aún no siendo físicas, tan solo una percepción. Por eso de vez en cuando me gusta imprimir una selección de fotografías y disfrutar de su aspecto sobre un buen papel baritado. Es algo así como reencontrarme con la verdad. Clasicismo puro.
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Voy a comenzar esta nueva página del blog, inaugurar el mes de Agosto y escribir un domingo (cosa que suelo hacer pocas veces) con una frase que me parece define perfectamente la acción de fotografiar: “La fotografía se vuelve lenguaje, precisamente porque no es el mundo, sino una forma de mirarlo y reflejarlo desde fuera” (Joaquín Melguizo). Ahí es nada, la síntesis de la esencia fotográfica, al menos como yo la entiendo. Y según pienso en esta frase me dan ganas de agarrar la cámara y salir ahí fuera, al calor infernal de Madrid y fotografiar. La pereza me puede y busco entre la carpeta con fotografías preparadas para ir publicando, la que mejor cuadre con ese concepto. Y me divierto recordando el momento en el que hice la toma que publico. Una sola toma, con algo de suerte para que la persona que entraba por mi izquierda en el encuadre asomase lo imprescindible. Luego está el alto contraste, las sombras y todas esos charcos en los que no suelo meterme demasiado. Y ahí está el resultado: aceptable, incluso con cierto interés. Decía un buen amigo y compañero en esta afición fotográfica que se conformaba con hacer unas pocas fotografías buenas al cabo del año. Y pienso que incluso eso me parece en ocasiones inalcanzable. Pero no desisto, incluso con las temperaturas del verano.
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Solo un instante más, solo otra fotografía, solo la intención pero también la oportunidad. Solo el calor que se siente en esa intensidad de contrastes, solo otra fotografía. Tan solo las sensaciones que me llevan a elegir el momento, el encuadre, el equilibrio de la luz y el tiempo, siempre el tiempo,… Solo una fotografía en la inmensidad de aquello que llamamos “nube” o “redes” o lo que quiera que sea ese espacio inmaterial, confuso y difuso. Solo. Otra fotografía más. Nada más que soledad.
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Dicen que denota confianza, transparencia y valor para enfrentar los problemas. No siempre es fácil cuando fotografío a alguien y no lo digo por el fotografiado o fotografiada sino más bien por mi mismo. Los recursos para evitar las miradas directas son variados, pero en ocasiones, aún refugiándome en uno de esos recursos, la situación gira de alguna manera extraña y la casualidad ilumina la estancia. Suelo argumentar que soy fotógrafo circunstancial siempre atento a cualquier oportunidad, en ocasiones de instantes providenciales y en otros casos sencillamente me dejo llevar por la situación. Fotografiar lo que un trocito de vida concreto depare es todo un privilegio.
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Un fin de semana de reuniones con amigos y comidas con familiares, que también amigos. Esas cosas de los compromisos, pero placenteros, relajantes, de esos momentos que gusta compartir de vez en cuando. Como los instantes que se suceden en un café concreto al que apetece volver. Lugares donde dejar pasar el tiempo nada más que por el placer de mirar, observar y anotar con el pensamiento cada uno de los gestos, de las miradas y las situaciones. Si ese día llevo la cámara el placer es doble, como una buena comida junto a amigos y familiares, siempre placenteras, siempre distendidas.
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La fotografía callejera tiene mucho que agradecerle a las increíbles instantáneas que Walker Evans capturó en el metro de Nueva York entre 1938 y 1941. Con una cámara Contax de 35 mm escondida bajo su abrigo, el objetivo asomando entre los botones y un disparador por cable en la manga, Evans se convirtió en un verdadero pionero. Su colección de retratos de pasajeros es, sin duda, una de las más fascinantes e influyentes jamás realizadas en el metro de cualquier ciudad. Estas fotografías, tomadas de forma espontánea, como bien dijo Evans, la cámara actuaba como un «ojo espía», nos muestran retratos crudos, reposados y llenos de vida, sin la “mascara social” que a menudo vemos. Para mí, son una fuente de inspiración constante a la hora de fotografiar en el metro.
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Si no tengo muy claro como iniciar el nuevo mes, o bien tiro por los bares -esto suena fatal, lo sé- o bien por composiciones arquitectónicas. Y aquí estoy con una de esas últimas y es que las líneas y las formas son una pequeña debilidad que me persigue a lo largo del tiempo.
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Si suena algo de Jazz es suficiente para alegrarme una tarde de fuerte calor, de esas que son cada vez más frecuentes en estas fechas. Y empezamos pronto según dicen. Lo mejor: refugiarme en la música y en la fotografía. En la alegría de vivir disfrutando de cada pequeño instante. Cada momento puede ser una píldora especial de buen rollo; revisar fotografías de las almacenadas en el “cajón” facilita estar en paz, con esa sensación placentera de comprender lo que observo quitando hierro a todas las cosas terribles que desplazo a un lado, ahí detrás fuera de este instante de música y fotografía. Escucho a Rachael & Vilray en “West of Broadway” mientras observo detenidamente a esta pareja sentada, y pienso: son felices.
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A tan solo un pulso de obturación todo su mundo y aquello que había captado con su cámara quedó grabado para siempre en un puñado de píxeles. Una instantánea que podría contener sus conocimientos como fotógrafa, la técnica que emplea, sus principios y valores fotográficos también, incluso el momento preciso que describe la totalidad de la imagen. Todo. Abierto a la interpretación y a la imaginación. Igual ella también me fotografió en alguna otra oportunidad, quizás escriba en este preciso instante algo muy similar a esto. La vida es un constante aleteo de viento en el cual nadie es único ni especial y sin embargo tod@s formamos parte de un inmenso y complejo puzzle.
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Hay composiciones que imagino poder hacer algún día. Se trata de pasar por lugares que me parecen interesantes y ver si se presentan las condiciones apropiadas. Y volver de vez en cuando hasta tomar la instantánea que imagino. Algunas veces el resultado es satisfactorio y en otras muchas no. Pero también se da esa extraña circunstancia en la que visitando cualquier lugar de alguna ciudad, encuentro por casualidad lo que a mi me parece una composición interesante. Es cuestión de SUERTE y en la fotografía hay un componente importante de esa sustancia ta esquiva y aleatoria. Y si se produce todo es disfrute.
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Como un Dios piadoso observaba la escena a distancia. Aquellas escaleras se elevaban al nivel de la redención humana. Una silueta propia de un relato de Poe, ascendía despacio, dignamente, con seguridad. Desapareció de mi vista confundiéndose con figuras inertes mezcladas entre sepulcros y panteones. Las hojas de los árboles se agitaban, el viento descendía los peldaños sin tanto miramiento. El frío se hacía sentir en la cara incluso para un Dios piadoso.
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Encontré este grafiti en una entrada de garaje. Había pasado por allí en muchas ocasiones pero no reparé en él, o simplemente era reciente. Suelo pararme justo en frente y hacer algunas fotografías. También espero y dejo pasar alguna persona, hasta que se cruza alguien que despierta mi interés. Fotografiar estas escenas es bastante sencillo, solo es necesario algo de paciencia. La gente pasa justo delante de un estremecedor grafismo sin percatarse de nada más que su propio mundo. Quizás ya nada despierte nuestra atención. Quizás esa parte del cerebro, el substrato consciente, sea demasiado poderosa. Esa misma parte que condicionada por comportamientos previstos, es ajena por completo a la capacidad de soñar. Estamos dominados por el mandato comercial, por lo que de nosotros esperan día a día la “superestructura social”. La explosión interior, la actitud rebelde e inesperada quedó proscrita hace tiempo. Ahora lo diferente llena estadios o copa la Prime Time de las distintas cadenas de TV.