¿En qué momento de nuestra reciente historia perdimos la capacidad de ver y comprender la verdad?.
¿En qué momento de nuestra reciente historia perdimos la capacidad de ver y comprender la verdad?.
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La curiosidad me llevó a realizar esta fotografía, luego la “vestí” un poco de cierto misterio, monocromo, grano, textura,… pero la huella ahí queda, marcando el número para siempre. Un juego de críos con balón puede llevarnos a lugares insospechados, quizás tenga algo que ver con aquel dicho "aleteo de una mariposa" que explica muy bien la teoría del caos y el "efecto mariposa”, para que al final podamos entender cómo acciones y decisiones minúsculas pueden tener consecuencias impredecibles. Todos dependemos de todo.
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¿Se puede considerar una fotografía de personas de espaldas un retrato?. Buena pregunta que alguna que otra vez me hago. Antecedentes hay desde luego, pero en general es algo poco ortodoxo. Quizás es consecuencia de los tiempos que corren, donde el miedo, la incertidumbre y la desconfianza coartan la iniciativa de la fotografía de calle. En cualquier caso siempre hay detalles en las personas fotografiadas que nos hablan de ellas aún estando de espaldas.
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Es una sensación que me invade de vez en cuando. Como si me quedase sin ideas, sin nada que decir, sin curiosidades que anotar en este FotoDiario. Cierto que ando de cabeza con otros temas, cosas de obras y reformas. Algo bastante ingrato en general y que me absorbe demasiado tiempo. Igual me obsesiono demasiado con todo y podría dejarme llevar, dejar hacer. Cualquier día de estos abrazo el budismo y me reencuentro con mi otro yo, ese que anda desperdigado por vaya usted a saber donde. Y quiero pensar que lo encontraría fotografiando, igual en una sala de algún museo, en un espacio en blanco.
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Incluso sin saber de lo que hablan, sus expresiones nos permiten imaginar. Nada mejor que inventar posibles temas, argumentos que dan para un juego de 15 o 20 minutos, justo lo que dura el trayecto. Observo, contemplo ya sin ápice de timidez, miro a mis semejantes escudriñando cada expresión, cada gesto, cada marca en la que se envuelven. Todo habla de ell@s, de nosotr@s, de tod@s y de nuestro tiempo. ¡Es la fotografía amig@s!.
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Capturar la complejidad de nuestro mundo en una sola fotografía es todo un reto. Algunos intentan por todos los medios hacernos ver otra cosa, una imagen del mundo distinta, pero la realidad es tozuda, la realidad se llama poco a engaños. Con el año llegando a su fin, cargado de sus dificultades, y el nuevo año a la vuelta de la esquina, heredando los mismos problemas, ahora más que nunca siento la necesidad de celebrar la diversidad.
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Van quedando menos días para acabar el año y parece como si fuera justo de fuerzas. Ahora es cuando más necesito energía para superar estas fechas, especialmente de cara a la Navidad. Energía para superarlas con optimismo y ganas. Energía para seguir haciendo fotografías.
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Mientras edito la foto que subo hoy, me doy cuenta de que ya debería estar pensando en la Navidad. Me gustaría ir publicando fotos más acordes con las fiestas que se acercan. Al menos esa es la sensación que tengo con tanta publicidad insistiendo en ello, lo de las fiestas me refiero. Sin embargo, salgo poco a fotografiar estos días, siempre he sentido cierta pereza y reconozco falta de motivación a la hora de tomar fotos pensando en la Navidad. No puedo con tanto cliché. Quizás solo sea otra manía a superar, una más apuntada en la lista. En cualquier caso, encuentro más espontaneidad en cualquier otros momentos del año, y aunque no garantizo que mi mirada sea plenamente objetiva (¿quién puede?), sí puedo afirmar que lo que retrato sucedió.
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Fotografiar el reflejo que nos devuelve un espejo, un escaparate o similar es adentrarse en un mundo desconocido, diferente, donde todo es posible porque lo que captas casi seguro pasa inadvertido, es en apariencia irrelevante y, más que cualquier otra cosa, completamente fugaz. Sin embargo, ahí dentro hay un mundo lleno de vida que complementa lo conocido y habitual, donde todo aquel que lo habita es ajeno a lo que sucede en este otro lado. Transgredir sus fronteras siempre me resulta inquietante.
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Lluvia, lluvia, prisas, prisas, lluvia y humedad. Todo se agita. Se estremece la calle delante del objetivo. La cámara se moja y el parasol mantiene la lente limpia a duras penas. ¡Qué difícil resulta fotografiar en medio de la lluvia!, pero ofrece tantas posibilidades: el movimiento, las texturas, las capas superpuestas y la gente a su aire, sin preocuparse demasiado por mi presencia en la acera con una cámara en la mano. ¡Tengo que volver!, me digo mientras edito esta fotografía. Veamos la previsión de la meteo, ¿para cuando lluvias?.
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Retratar Madrid, es retratar a sus gentes, sus usos y costumbres. Creo que en alguna ocasión ya he escrito aquí mismo que cuando salgo a caminar con la cámara es como si llevase un bloc de notas, una libreta de acción rápida para registrar aquello que me llama la atención. Puede ser un detalle, una gráfica o una escena pasajera e inmortal a la vez. Intento no juzgar lo que veo, simplemente lo retrato con un toque de empatía. Incluso si algo no me gusta del todo, intento el lado documental de la escena. Y es lo que procuro hacer últimamente después de pasar demasiado tiempo buscando como me gustaría que fuese la ciudad, sin entender que Madrid es lo que es, al margen de mi opinión, de cualquier opinión personal. Creo sinceramente que esta es la mejor manera de comprender la ciudad, también cómo somos, y me doy cuenta de que es en sus calles donde me siento más cómodo fotografiando. No hay mucho más misterio que eso.
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Si hay un lugar emblemático en Madrid ese es sin duda La Puerta del Sol. No carente de lacras que la afean y cierta cutrez gracias a la insistencia de diferentes equipos de gobierno municipal, empeñados todos en mejorar una y otra vez la plaza, logrando sin embargo, relegarla un poco más al gabinete de los horrores y atropellos urbanísticos. Y llevamos unos cuantos. El caso es que a pesar de todo eso, no puedo negar sus posibilidades sin límites a nivel fotográfico. Es un lugar de encuentro donde foráneos y autóctonos se entrecruzan mezclándose en infinidad de olores, colores y lenguas, además de la publicidad, las marcas y los eslóganes. Yo lo tengo como tradición, pasar por allí con cámara a mano, una o dos veces al mes, o quizás más.
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Vuelvo a la ciudad después de un tiempo pateando los montes y los bosques. Con una mirada similar para fotografiar cosas tan distintas me siento un animal algo extraño y por eso comienzo por aquellos lugares que conozco bien. El reencuentro siempre es alentador y observar estas curiosas formas y costumbres nuestras siempre me procuran cierta extrañeza e inspiración.
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Me atraen las formas de algunos edificios, cuanto más sencillas más me interesan; su disposición, cómo se repiten creando un ritmo visual hipnótico y como la luz natural resalta la geometría de las estructuras, generando contrastes entre sombras profundas y superficies iluminadas. Cada elemento parece conducir al siguiente, formando una cadena visual que transmite continuidad y orden. Algún detalle en la estructura suele destacar sobre el resto y en él puede residir su sentido emocional. La sencillez obliga a la imaginación y la imaginación procura la emoción. Lo básico puede convertirse en extraordinario y esa invitación al juego fotográfico ya es un aliciente en sí misma.
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Una sintonía de líneas puede llegar a ser musical, así lo creo. Y Kandinsky lo sabía a la perfección. Usaba la música como inspiración para sus pinturas abstractas, mezclando color, sonido y sensaciones. Creo que la fotografía de arquitectura puede tener algo de eso también, al menos desde mi punto de vista. Si me abstraigo del conjunto centrándome en detalles que armonicen y compongan una sencilla melodía de formas, líneas y contrastes, el resultado puede tener algo de ese componente musical. Y cuando llego a ver la fotografía de esta manera, entonces es el color el que se encarga de las sensaciones.
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En general, creo que en fotografía el color puede hacer más comprensible un detalle aislado que el uso del blanco y negro. Extraído de un conjunto mucho más grande e impactante queda a merced de la valoración y de la interpretación. En otras ocasiones considero posible mantener la intriga, usando el color también para acrecentar la duda e invitar a interrogarse por lo que se está observando. Las decisiones tomadas siempre nos conducen por caminos muy diferentes, nos abren puertas cerrando otras tantas y nos muestran un camino que resulta tan interesante como ganas tengamos de recorrerlo.
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A veces, los objetos, también los conceptos y las ideas, se separan porque se vuelven demasiado intensos para manejarles juntos. Cada parte sigue su propio camino, a menudo diferente, buscando destacar y también hacerse entender. El pasado se convierte en un leve recuerdo, su conexión con un todo más grande y quizás más importante, vuelve a esos objetos, esas partes, comprensibles y procura respuestas a las dudas que causaron esa separación. En otras ocasiones esas partes de un todo por si solas no tienen un significado claro, entonces contribuyen a la confusión y a la duda, pero también a la imaginación.
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Estamos influenciados por tantas cosas: imágenes, gráfica, cine…, fotografía por descontado, incluso por las noticias a diario o la situación social. Somos como esponjas, al menos así me veo yo mismo, como una enorme esponja que va absorbiendo casi todo y supongo que en algún momento lo proceso conservando solo lo esencial, lo que me interesa, cada cual lo suyo, claro, cada un@ de nosotr@s guarda lo que de verdad nos llena. Escribo esto al pensar en la fotografía que subo en el post de hoy; la idea de las simetrías y de los juegos visuales. Y me viene a la cabeza ese fantástico señor que fue Victor Vasarely, artista húngaro considerado el padre del Op Art (arte óptico) y una figura clave del arte cinético allá por la década de los 50 y 60 del siglo pasado. Ya sabéis aquellas imágenes de esferas tridimensionales o planos con formas que se repiten y se degradan creando fantásticos juegos visuales y simetrías. En el momento de la toma de esta fotografía que subo, imaginaba planos sin un principio ni un final claros, luego al revelar en el ordenador es cuando me recordó al bueno de Vasarely, guardando una prudente distancia, claro. Y creo que así debe de ser. Tenemos referentes que el subconsciente trata de imitar, pero que nuestra manera de mirar -esa mezcla de todas nuestras influencias- se encarga de modificar y nos proporciona un resultado diferente, no creo que se pueda considerar único pero desde luego si se trata de algo propio y genuino entendido como auténtico, legítimo o verdadero.
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Voy a insistir unos días y unas páginas en este asunto de la arquitectura. Lo que me atrae especialmente es abstraerme del edificio en sí y centrarme en la mera composición. Es un ejercicio y un juego con resultados desiguales, claro, pero como experiencia me parece muy interesante de abordar. Si es con buena compañía mejor, ¿acaso se puede pedir más?; quizás sí, acertar con alguna fotografía, pero eso ya es para nota alta.