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Yo diría que es volver a la esencia de lo básico, volver a sentir, sin prisas, lo que nos depara el día, sin juicios de valor ni ideas preconcebidas. Aceptarnos y adaptarnos. Volver a caminar bajo la lluvia con una sonrisa de felicidad.
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Yo diría que es volver a la esencia de lo básico, volver a sentir, sin prisas, lo que nos depara el día, sin juicios de valor ni ideas preconcebidas. Aceptarnos y adaptarnos. Volver a caminar bajo la lluvia con una sonrisa de felicidad.
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Me imaginaba fotografiando temas interesantes para luego escribir sobre ellos. Tipo rollo urbano, reportero a tiempo parcial, conocedor de los misterios de la ciudad y tonterías similares. Eso quedó atrás afortunadamente. Lo normal es que me deje llevar por las circunstancias. Una propuesta, alguna idea sugerida…, acercarme a un evento de esos que se organizan en un parque o en una plaza, puede ser motivo de inspiración suficiente para estimular la inercia fotográfica. No me sucede siempre. Nunca sabes hasta donde te puede llevar esa curiosidad. En ocasiones me permite viajar a lugares lejanos sin moverme demasiado, un par de lineas de metro y algunas estaciones. Y allí, en medio de la Plaza de España de Madrid continuaban con las celebraciones del año nuevo chino. En Madrid cualquier celebración o festividad dura semanas, es como si no importara otra cosa que vivir dentro de una fiesta continua, siempre y cuando se esté dispuesto a consumir, claro. En medio de la plaza, justo en frente del hotel Plaza, ahora Riu, poco antes propiedad de algún conglomerado chino, lucía un caballo en rojo, enorme representante del nuevo año chino. Caballo de Fuego, que según dicen simboliza la libertad, la pasión y la valentía. En medio de toda esa fiesta, entre las costuras de un mundo convulso, pensé que ese caballo de fuego no es mala propuesta.
Los misterios en blanco y negro son más sustanciales. ¡Cuánto debo al cine negro de los años 50!. Y cuánta cultura visual almacenamos en nuestros cerebros sin apenas percatarnos de ello. Lo más interesante de todo esto es llegar a ser consciente de ese aprendizaje y aplicarlo, claro, también en la fotografía.
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Asumo que en fotografía menos es más y que componer se trata más bien de restar elementos del encuadre, no añadirlos. Dos máximas que suelo tener siempre presentes y de las que me considero firme defensor. Sin embargo en ocasiones me divierte intentar solucionar escenas complejas, esas donde se multiplican los planos y las transparencias se confunden con los reflejos sin definir del todo cual es cual. Son como vidas superpuestas, mundos individuales que se mezclan para crear una posible realidad e incluso un principio de verdad. Y me resulta inquietante lo mucho que tienen que ver esas fotografías con nuestro tiempo actual, donde el desconcierto, el ruido y la mentira ocultan cualquier resquicio de cierta verdad.
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La curiosidad me llevó a realizar esta fotografía, luego la “vestí” un poco de cierto misterio, monocromo, grano, textura,… pero la huella ahí queda, marcando el número para siempre. Un juego de críos con balón puede llevarnos a lugares insospechados, quizás tenga algo que ver con aquel dicho "aleteo de una mariposa" que explica muy bien la teoría del caos y el "efecto mariposa”, para que al final podamos entender cómo acciones y decisiones minúsculas pueden tener consecuencias impredecibles. Todos dependemos de todo.
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Nuestra actual época se revisará o estudiará en un futuro lejano, entre otras muchas características, como un crecimiento impensable de la cantidad de imágenes que se tomaron, se conservaron y se publicaron. ¿Servirá para que las futuras generaciones entiendan mejor nuestro tiempo?.
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Componer en fotografía, como en música o en pintura, incluso como en arquitectura es tan solo aplicar unas reglas básicas allí donde se intuye una fotografía interesante. Personalmente acierto en ocasiones y en otras tantas obtengo resultados discretos. Pero es importante insistir, incluso cuando no llevamos una cámara a mano, la sencilla práctica visual es toda una escuela de aprendizaje, autoenseñanza y autoevaluación en sí misma, ejercicios básicos y comprometidos con la manera de cada cual de hacer fotografía. Agudizar el instinto visual, una forma especial de mirar, ese es quizás nuestro activo más preciado como fotógrafos.
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Y si todo fuese tan sencillo como silbar, tan práctico como entornar los labios y emitir una notas de alguna melodía más o menos conocida o quizás improvisada para la ocasión. Comunicarnos, eso siempre, pero hay algo en el silbido, algo que tiene que ver con la armonía, con lo sutil e incluso con un buen estado de ánimo. De alguna manera esta fotografía que publico lo muestra, la miro y recuerdo perfectamente el momento en que hice la toma y no puedo reprimir una sonrisa.
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La mesa me procuraba la superficie lisa y neutra suficientemente grande como para jugar con planos superpuestos. Es una manía, una manera de encuadrar que me gusta repetir. Otra forma de destacar el sujeto central. Nada más. Entonces imagino las palabras y las frases que esas personas podrían estar leyendo, y quiero pensar que son textos con cierta relevancia, algo importante y enriquecedor, algún contenido que les permita la reflexión que les procure valorar otros puntos de vista y enriquecer sus horizontes. Quiero imaginar que podemos ser mejores, incluso algo más humanos.
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¿Se puede considerar una fotografía de personas de espaldas un retrato?. Buena pregunta que alguna que otra vez me hago. Antecedentes hay desde luego, pero en general es algo poco ortodoxo. Quizás es consecuencia de los tiempos que corren, donde el miedo, la incertidumbre y la desconfianza coartan la iniciativa de la fotografía de calle. En cualquier caso siempre hay detalles en las personas fotografiadas que nos hablan de ellas aún estando de espaldas.
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Incluso sin saber de lo que hablan, sus expresiones nos permiten imaginar. Nada mejor que inventar posibles temas, argumentos que dan para un juego de 15 o 20 minutos, justo lo que dura el trayecto. Observo, contemplo ya sin ápice de timidez, miro a mis semejantes escudriñando cada expresión, cada gesto, cada marca en la que se envuelven. Todo habla de ell@s, de nosotr@s, de tod@s y de nuestro tiempo. ¡Es la fotografía amig@s!.
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Tenía ganas de fotografiar este grafiti. He pasado varias veces a su lado pero no me gustaba la luz o no llevaba la cámara. Hace poco los dos extremos se llegaron a tocar; eso quise creer y así poder dar por zanjada esta pequeña obsesión que arrastraba o sencillamente fotografiar la obra antes de que terminara destruída. Me resultaban interesantes eso pequeños detalles que ilustran bien los tiempos que vivimos.
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Tanta preocupación (un tanto contradictoria, eso sí) por nuestra intimidad. Si alguien nos fotografía en la calle, si nos filman, si nuestras aplicaciones comparten nuestros datos… Ese ojo de “Gran Hermano” que sentimos siempre encima de nosotros… tanta preocupación y no nos damos cuenta que una persona cualquiera nos observa con mucha atención. Ese individuo con una cámara en la mano.
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Hay lugares y horas con luces imposibles donde el sensor de la cámara hace maravillas para intentar sacar algo de provecho de la intención malévola del autor de turno. Personalmente, no me intimidan las condiciones de poca luz; simplemente aumento el ISO hasta más allá y un poco más, que luego hay un ruido que te mueres, pues tanto mejor y sí, para mí es grano fotográfico, no ruido. Grano digital, claro, pero tan ricamente, sin mayor problema.
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Mientras edito la foto que subo hoy, me doy cuenta de que ya debería estar pensando en la Navidad. Me gustaría ir publicando fotos más acordes con las fiestas que se acercan. Al menos esa es la sensación que tengo con tanta publicidad insistiendo en ello, lo de las fiestas me refiero. Sin embargo, salgo poco a fotografiar estos días, siempre he sentido cierta pereza y reconozco falta de motivación a la hora de tomar fotos pensando en la Navidad. No puedo con tanto cliché. Quizás solo sea otra manía a superar, una más apuntada en la lista. En cualquier caso, encuentro más espontaneidad en cualquier otros momentos del año, y aunque no garantizo que mi mirada sea plenamente objetiva (¿quién puede?), sí puedo afirmar que lo que retrato sucedió.
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Fotografiar el reflejo que nos devuelve un espejo, un escaparate o similar es adentrarse en un mundo desconocido, diferente, donde todo es posible porque lo que captas casi seguro pasa inadvertido, es en apariencia irrelevante y, más que cualquier otra cosa, completamente fugaz. Sin embargo, ahí dentro hay un mundo lleno de vida que complementa lo conocido y habitual, donde todo aquel que lo habita es ajeno a lo que sucede en este otro lado. Transgredir sus fronteras siempre me resulta inquietante.
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Lluvia, lluvia, prisas, prisas, lluvia y humedad. Todo se agita. Se estremece la calle delante del objetivo. La cámara se moja y el parasol mantiene la lente limpia a duras penas. ¡Qué difícil resulta fotografiar en medio de la lluvia!, pero ofrece tantas posibilidades: el movimiento, las texturas, las capas superpuestas y la gente a su aire, sin preocuparse demasiado por mi presencia en la acera con una cámara en la mano. ¡Tengo que volver!, me digo mientras edito esta fotografía. Veamos la previsión de la meteo, ¿para cuando lluvias?.
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Retratar Madrid, es retratar a sus gentes, sus usos y costumbres. Creo que en alguna ocasión ya he escrito aquí mismo que cuando salgo a caminar con la cámara es como si llevase un bloc de notas, una libreta de acción rápida para registrar aquello que me llama la atención. Puede ser un detalle, una gráfica o una escena pasajera e inmortal a la vez. Intento no juzgar lo que veo, simplemente lo retrato con un toque de empatía. Incluso si algo no me gusta del todo, intento el lado documental de la escena. Y es lo que procuro hacer últimamente después de pasar demasiado tiempo buscando como me gustaría que fuese la ciudad, sin entender que Madrid es lo que es, al margen de mi opinión, de cualquier opinión personal. Creo sinceramente que esta es la mejor manera de comprender la ciudad, también cómo somos, y me doy cuenta de que es en sus calles donde me siento más cómodo fotografiando. No hay mucho más misterio que eso.
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Si hay un lugar emblemático en Madrid ese es sin duda La Puerta del Sol. No carente de lacras que la afean y cierta cutrez gracias a la insistencia de diferentes equipos de gobierno municipal, empeñados todos en mejorar una y otra vez la plaza, logrando sin embargo, relegarla un poco más al gabinete de los horrores y atropellos urbanísticos. Y llevamos unos cuantos. El caso es que a pesar de todo eso, no puedo negar sus posibilidades sin límites a nivel fotográfico. Es un lugar de encuentro donde foráneos y autóctonos se entrecruzan mezclándose en infinidad de olores, colores y lenguas, además de la publicidad, las marcas y los eslóganes. Yo lo tengo como tradición, pasar por allí con cámara a mano, una o dos veces al mes, o quizás más.