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Me he dado cuenta que la Semana Santa pasa -un año más- y no publico nada relacionado...
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Este pequeño espacio es ya un refugio seguro, un diario fotográfico que aunque "flota" en este universo de lo intangible, lo tengo identificado por coordenadas mentales bien precisas. Un lugar que un buen día amueblé con una pequeña estantería donde voy colocando libros cuidadosamente seleccionados, alguna que otra fotografía en papel (aquellas que en algún momento despertaron mi interés), una espaciosa mesa que me permite visualizar las instantáneas con calma y un buen sillón, de esos giratorios, reclinable y cómodo, para pasar largos ratos (tampoco tantos) sentado. Con luz, mucha luz, toda si es posible y así permitirme soñar. Un lugar de escape, de vida. Y creo que me falta camino por recorrer, también en este rincón. Carezco de habilidad para articular las palabras con elegancia y sentido literario, que supongo, algún día llegará. O nunca probablemente. Y me falta, sobre todo, captar fotografías realmente interesantes, distintas, de esas que no olvidas cuando las ves por primera vez y quedan ya retenidas en la memoria para siempre, en un pequeño archivador de alguna estantería en el espacio íntimo y personal de cada cual, quizás con la etiqueta "Úa".
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Si, lo sé, es primavera y aquí sigo entre salas de museos, visitando exposiciones y viendo mucha fotografía. Mirando aprendo, siempre encuentro similitudes, miradas que comparto, puntos de vista fotográficos muy parecidos con los que me identifico. Y siempre la duda: la idea que pensaba desarrollar ya se ha hecho hace no sé cuantos años; esa manera de encuadrar, de mirar que creía "tan mía", parece copia de miradas y encuadres anteriores en el tiempo. La fotografía es creación y como tal obra creativa está expuesta a la incertidumbre, a la duda, incluso al cuestionamiento de la legitimidad de los principios mostrados. Y debe de ser así. Nada nuevo, quizás un exceso de inseguridad…, luego entra revoloteando otra idea entre pensamientos negativos, mientras, todo se desvanece lentamente y me obligo a recordar que esto es un juego, una afición seria, si, pero fundamentalmente un divertimento sin mayor gloria. Además ya es primavera.
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Tuve un profesor que aseguraba que componer con formas geométricas, buscando la sucesión de planos, la armonía y equilibrio entre ángulos, líneas y superficies, puede llegar a tener mucha importancia a la hora de dirigir la mirada, centrar la atención y equilibrar el resultado final. ¿Y el color?, preguntaba yo: ¡sin miedo, con atrevimiento!, respondía él.
Los misterios en blanco y negro son más sustanciales. ¡Cuánto debo al cine negro de los años 50!. Y cuánta cultura visual almacenamos en nuestros cerebros sin apenas percatarnos de ello. Lo más interesante de todo esto es llegar a ser consciente de ese aprendizaje y aplicarlo, claro, también en la fotografía.
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Da hasta miedo encender la Tv para ver las noticias, pavor hojear el periódico y terror escuchar la radio o leer algún post en internet. Prefiero mirar al cielo, que hasta el momento me suele devolver alguna que otra curiosidad sin mayores consecuencias; ver para buscar pequeños rincones reconfortantes que me recuerdan que la vida es lo más importante y que somos detalles insignificantes entre tantas cosas.
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Asumo que en fotografía menos es más y que componer se trata más bien de restar elementos del encuadre, no añadirlos. Dos máximas que suelo tener siempre presentes y de las que me considero firme defensor. Sin embargo en ocasiones me divierte intentar solucionar escenas complejas, esas donde se multiplican los planos y las transparencias se confunden con los reflejos sin definir del todo cual es cual. Son como vidas superpuestas, mundos individuales que se mezclan para crear una posible realidad e incluso un principio de verdad. Y me resulta inquietante lo mucho que tienen que ver esas fotografías con nuestro tiempo actual, donde el desconcierto, el ruido y la mentira ocultan cualquier resquicio de cierta verdad.
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Suelo salir a la calle con una idea clara de qué tipo de fotos quiero hacer, como si fuera un reto o un ejercicio para agudizar mi percepción. Pero, ¡ay!, otras cosas me llaman la atención: unos pies, un ángulo, una esquina, un rótulo… Y lo curioso es que cuando me dejo llevar, cuando no me pongo límites y simplemente disfruto del momento, es cuando más me divierto. Luego, cuando pienso en ese ejercicio que me había propuesto al salir de casa, me digo: “¡La próxima vez sí que me lo tomo en serio y sigo el plan al pie de la letra!”. Ya veremos...
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Tenía que comenzar el año con alguna fotografía. Todo este tiempo pasado sin publicar nada, con tantas y tantas cosas como suceden, casi siempre tristes, terribles, atroces… la lista es ya demasiado extensa y pesada, como una losa que nos aplasta la conciencia. Lo cierto es que no me quedaban demasiadas ganas de rellenar unas líneas y seleccionar una fotografía. Por eso quizás publico esta toma casi abstracta, libre a la interpretación, sin más pretensiones que iniciar el año en este minúsculo rincón.
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Van quedando menos días para acabar el año y parece como si fuera justo de fuerzas. Ahora es cuando más necesito energía para superar estas fechas, especialmente de cara a la Navidad. Energía para superarlas con optimismo y ganas. Energía para seguir haciendo fotografías.
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Hay lugares y horas con luces imposibles donde el sensor de la cámara hace maravillas para intentar sacar algo de provecho de la intención malévola del autor de turno. Personalmente, no me intimidan las condiciones de poca luz; simplemente aumento el ISO hasta más allá y un poco más, que luego hay un ruido que te mueres, pues tanto mejor y sí, para mí es grano fotográfico, no ruido. Grano digital, claro, pero tan ricamente, sin mayor problema.
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Si hay un lugar emblemático en Madrid ese es sin duda La Puerta del Sol. No carente de lacras que la afean y cierta cutrez gracias a la insistencia de diferentes equipos de gobierno municipal, empeñados todos en mejorar una y otra vez la plaza, logrando sin embargo, relegarla un poco más al gabinete de los horrores y atropellos urbanísticos. Y llevamos unos cuantos. El caso es que a pesar de todo eso, no puedo negar sus posibilidades sin límites a nivel fotográfico. Es un lugar de encuentro donde foráneos y autóctonos se entrecruzan mezclándose en infinidad de olores, colores y lenguas, además de la publicidad, las marcas y los eslóganes. Yo lo tengo como tradición, pasar por allí con cámara a mano, una o dos veces al mes, o quizás más.
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Me atraen las formas de algunos edificios, cuanto más sencillas más me interesan; su disposición, cómo se repiten creando un ritmo visual hipnótico y como la luz natural resalta la geometría de las estructuras, generando contrastes entre sombras profundas y superficies iluminadas. Cada elemento parece conducir al siguiente, formando una cadena visual que transmite continuidad y orden. Algún detalle en la estructura suele destacar sobre el resto y en él puede residir su sentido emocional. La sencillez obliga a la imaginación y la imaginación procura la emoción. Lo básico puede convertirse en extraordinario y esa invitación al juego fotográfico ya es un aliciente en sí misma.
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Una sintonía de líneas puede llegar a ser musical, así lo creo. Y Kandinsky lo sabía a la perfección. Usaba la música como inspiración para sus pinturas abstractas, mezclando color, sonido y sensaciones. Creo que la fotografía de arquitectura puede tener algo de eso también, al menos desde mi punto de vista. Si me abstraigo del conjunto centrándome en detalles que armonicen y compongan una sencilla melodía de formas, líneas y contrastes, el resultado puede tener algo de ese componente musical. Y cuando llego a ver la fotografía de esta manera, entonces es el color el que se encarga de las sensaciones.
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A veces, los objetos, también los conceptos y las ideas, se separan porque se vuelven demasiado intensos para manejarles juntos. Cada parte sigue su propio camino, a menudo diferente, buscando destacar y también hacerse entender. El pasado se convierte en un leve recuerdo, su conexión con un todo más grande y quizás más importante, vuelve a esos objetos, esas partes, comprensibles y procura respuestas a las dudas que causaron esa separación. En otras ocasiones esas partes de un todo por si solas no tienen un significado claro, entonces contribuyen a la confusión y a la duda, pero también a la imaginación.
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Tomar una foto es algo que hacemos todos los días, pero para mí y supongo que también para vosotr@s, es una oportunidad para jugar con luces y sombras, explorar líneas y ángulos, y experimentar con diagonales y contrastes. La diversión está en cualquier lugar y en cualquier momento. La fotografía nos ofrece todo eso; solo necesitamos capturar el instante.
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Mirar con curiosidad, preguntarnos qué hay más allá de esa puerta, es una pregunta eterna. Es la necesidad de aprender y seguir enriqueciendo nuestra alma. Es tan simple como la esencia humana, pero también tan complicado como los obstáculos que el mundo moderno nos presenta con distracciones y trampas disfrazadas de conformismo y pereza. Nunca dejaré de hacerme preguntas; mi curiosidad no tiene fin y siempre me pregunto qué habrá detrás de esa puerta.
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Son cuadros, encajes, composiciones donde dominan los contrastes y los colores intensos o las sombras profundas, no hay mucho más, tan solo el gusto por la fotografía y la satisfacción que procura sentirse influido por ciertas tendencias artísticas, estilos y también fotógrafos. Soy un aficionado a la fotografía heredero de imágenes que me han ayudado a moldear una manera de fotografiar, y estoy en deuda con todas esas influencias.
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Como narraba el replicante de “Blade Runner” antes de palmarla ante un Rick Deckard atónito: os puedo asegurar que yo he visto lugares donde te podías acercar y realizar algunas fotografías sin que se interpusieron de por medio cientos de turistas del Selfie y el consumo voraz. Lugares que visitaba sin agobios y sin prisas, sin estruendos ni barullos, sin olores a todo tipo de comidas ni personal gritándome a dos palmos de mis orejas. Todo eso ya se ha perdido como lágrimas en la lluvia. Ya digo, cual replicante. ¿Acaso yo no era (o no soy) turista?, claro, por descontado que soy turista. Siempre soy turista en tierra ajena. Lo que no soy es borrego. El caso es que recuperando algunas tomas que me supieron a gloria el realizarlas en su preciso momento, me encuentro con este altar bañado por una luz especial, pura sinfonía de sensaciones. Se trata del altar en la basílica de Santa María in Cosmedin, junto a la Boca de la Verdad en Roma, ciudad que he podido disfrutar en varias ocasiones y que según me dicen amigos que han viajado recientemente allí, es otra de las ciudades ya imposibles, tomadas por la muchedumbre y las prisas por consumir.