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Lo primero que me llamó la atención fue su extraña postura, ese gesto de no estar a gusto en la sala y quizás ni siquiera dentro de su propio cuerpo. Los reflejos y las transparencias de los cristales hicieron el resto.
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Lo primero que me llamó la atención fue su extraña postura, ese gesto de no estar a gusto en la sala y quizás ni siquiera dentro de su propio cuerpo. Los reflejos y las transparencias de los cristales hicieron el resto.
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Hay situaciones, encuadres y composiciones que necesitan ser fotografiadas para que cobren toda su relevancia. De otra manera pasarían desapercibidas, desaparecerían en la línea del tiempo sin protagonismo alguno. Es la visión y el ojo fotográfico los que propician congelar el tiempo por un instante muy breve para ceder la palabra a una escena concreta, aportando sentido e intención. Luego queda la interpretación, la maravillosa capacidad de cada cual de imaginar.
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Pues depende como sea la tabla ¿no?. Pero de eso no es de lo que quería escribir, sino del momento de la instantánea o más bien de las personas que aparecen dentro del encuadre. Reviso la fotografía y pienso en como ciertas miradas invitan a bajar la cámara con humildad y pedir disculpas. En otros casos la complicidad es clara y podría montar una sesión fotográfica en el mismo lugar de la toma y sin más explicación, aunque reconozco que en esas circunstancias mi timidez me ha limitado en exceso y la cosa no ha ido a más. Y luego están esas otras expresiones, miradas que no termino de descifrar del todo y que en el mejor de lo casos no se a qué atenerme. Pero ante la duda siempre prevalece la fotografía, y luego ya veremos que pasa.
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La escena tiene que llamarme la atención lo suficiente como para buscar la mejor fotografía posible. Por la composición que permita, por las personas que entran en el encuadre, la luz, siempre la luz, quizás los colores o tal vez lo peculiar de la situación. Si no hay un “algo” esencial aquello pasa desapercibido delante de mis ojos, sin mayor trascendencia. A cada cual nos motiva algo, esa esencia fotográfica que nos mueve a pulsar el disparador es la que nos distingue. Muchas veces me invade la duda por una u otra forma de fotografiar, la técnica o incluso (todavía) el tipo de cámara y sus ajustes; ¿será esta manera de fotografiar la mejor forma de expresarme?. Si, todavía me planteo este tipo de interrogantes y casi siempre despejo las dudas diciéndome a mí mismo que en realidad lo que cuenta es la imagen final, aquello que pueda transmitir y poco más.
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En ocasiones con nuestras cámaras atrapamos cosas inexplicables, reflejos extraños, dobles imágenes imposibles, siluetas en movimiento en un lugar donde aparentemente no se movía nada… misterios de la imagen, fantasías de la luz que capturamos solo por intuición al levantar la cámara y pulsar el disparador. Me parece asombroso poder asistir a esos instantes, disfrutarlos de nuevo al revelar y editar, compartirlos y volver sobre esas fotografías de vez en cuando.
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En ese otro lugar luminoso es donde se construyen las historias por la gracia de los contrastes, las sombras y los reflejos. Y el tiempo, claro. Lo demás es intentar lo imposible o lo improbable, con resultados inciertos pero con la grandeza de esa misión imposible como objetivo. La fotografía está repleta de retos por superar, juegos tentadores para todo aquel que se adentre en el mundo de la luz y las sobras con una cámara agarrada firmemente, con los principios básicos de la honestidad y poco más.
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Ya no quedan lugares donde refugiarse de las sombras, especialmente cuando estas cobran todo el protagonismo y moldean la certeza y la posibilidad a su gusto. Las sombras son la esencia de la fotografía, es cierto que existen gracias a la luz, pero incluso así, en ocasiones, parece que fueran a llenar el encuadre hasta hacer desaparecer cualquier rayo de esperanza.
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Este pequeño espacio es ya un refugio seguro, un diario fotográfico que aunque "flota" en este universo de lo intangible, lo tengo identificado por coordenadas mentales bien precisas. Un lugar que un buen día amueblé con una pequeña estantería donde voy colocando libros cuidadosamente seleccionados, alguna que otra fotografía en papel (aquellas que en algún momento despertaron mi interés), una espaciosa mesa que me permite visualizar las instantáneas con calma y un buen sillón, de esos giratorios, reclinable y cómodo, para pasar largos ratos (tampoco tantos) sentado. Con luz, mucha luz, toda si es posible y así permitirme soñar. Un lugar de escape, de vida. Y creo que me falta camino por recorrer, también en este rincón. Carezco de habilidad para articular las palabras con elegancia y sentido literario, que supongo, algún día llegará. O nunca probablemente. Y me falta, sobre todo, captar fotografías realmente interesantes, distintas, de esas que no olvidas cuando las ves por primera vez y quedan ya retenidas en la memoria para siempre, en un pequeño archivador de alguna estantería en el espacio íntimo y personal de cada cual, quizás con la etiqueta "Úa".
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Si, lo sé, es primavera y aquí sigo entre salas de museos, visitando exposiciones y viendo mucha fotografía. Mirando aprendo, siempre encuentro similitudes, miradas que comparto, puntos de vista fotográficos muy parecidos con los que me identifico. Y siempre la duda: la idea que pensaba desarrollar ya se ha hecho hace no sé cuantos años; esa manera de encuadrar, de mirar que creía "tan mía", parece copia de miradas y encuadres anteriores en el tiempo. La fotografía es creación y como tal obra creativa está expuesta a la incertidumbre, a la duda, incluso al cuestionamiento de la legitimidad de los principios mostrados. Y debe de ser así. Nada nuevo, quizás un exceso de inseguridad…, luego entra revoloteando otra idea entre pensamientos negativos, mientras, todo se desvanece lentamente y me obligo a recordar que esto es un juego, una afición seria, si, pero fundamentalmente un divertimento sin mayor gloria. Además ya es primavera.
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Visito ocasionalmente algunas salas que sé con certeza que exponen obra singular y rara, curiosa siempre. Sin entrar a cuestionar la calidad artística de lo que suelo encontrarme allí, solo diré que me divierto con los encuadres, la fuerza de los contrastes y algunas veces, las expresiones de asombro que puedo observar en algún que otro visitante. Yo mismo podría hacerme un autorretrato en algún momento de la visita, seguro que tendría un valor incalculable a nivel expresivo como coleccionable fotográfico. En realidad lo que me mata es no haber sido invitado a la inauguración de una de esas exposiciones y poder moverme como uno más, entre artistas e invitados, entre ese mundillo que intuyo plagado de egocentrismo, vanidad y alguna que otra pincelada de envidia bien camuflada entre copas y pinchos de queso y croquetas de hiper. Y fotografiarlo todo: un mundo, intenso, emocional y muy fotogénico más allá del mero reportaje social. Me centraría más bien en buscar la situación, con algo de picardía y de mala leche. A veces pienso en lo que me he perdido, en el sentido fotográfico, por no dedicarme al mundo del arte..., y de la moda.
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Tuve un profesor que aseguraba que componer con formas geométricas, buscando la sucesión de planos, la armonía y equilibrio entre ángulos, líneas y superficies, puede llegar a tener mucha importancia a la hora de dirigir la mirada, centrar la atención y equilibrar el resultado final. ¿Y el color?, preguntaba yo: ¡sin miedo, con atrevimiento!, respondía él.
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Mujeres en silencio se detienen y analizan cada fotografía. Flota en el ambiente esa peculiar sensación fotográfica: los marcados contrastes, la quietud de los cuerpos frente a las tomas expuestas,… y las salas que parecen cobrar vida bajo el silencio. Es como si cada escena pudiera capturarse en una instantánea perfecta, pendiente de añadir después algún texto más o menos creativo, más o menos explicativo. Todo invita a mirar más allá de lo obvio, a encontrar historias ocultas en la luz, las formas y en las miradas fijas de quienes observan, a fotografiar esas historias y de alguna manera detener con cada fotograma el tiempo.
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El resultado “brumoso” de la maravillosa combinación de diafragmas abiertos e Isos muy elevados sientan muy bien a espacios amplios, sencillos, sutiles donde los juegos de los distintos planos y los contrastes de luz se unen para procurar fotografías interesantes.
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Algo tienen los museos que me atraen poderosamente, en el sentido fotográfico me refiero. Podría argumentar muchas razones: la intimidad que allí se respira, la tranquilidad de los visitantes, el tiempo y el “tempo” que envuelve todo, la luz, claro, y esa sensación de poder pensar la fotografía antes de realizarla. Supongo que esa curiosa mezcla de características hacen que me sienta cómo fotografiando en los museos, paseando por sus salas y deambulando entre el público.
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Me senté en una mesa cerca de él, preparando mi cámara. No pude evitar imaginar sus palabras escritas, incluso sus pensamientos. ¡Qué forma tan interesante de abstraerse, imaginar lo que otros piensan e incluso escriben! ¿Quién sabe?, igual estaba tomando notas para su próxima novela. El ambiente, la situación, la luz, todo parecía perfecto para una fotografía, pero no tenía intención de romper la tranquilidad del lugar. Un clic y el suave sonido del obturador fueron los únicos sonidos que se colaron entre el bullicio de la calle. También pedí un té y me quedé un buen rato perdido en mis ideas. Después pagué y me fui caminando. Él seguía allí sentado, escribiendo sus propios pensamientos.
¿En qué momento de nuestra reciente historia perdimos la capacidad de ver y comprender la verdad?.
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Componer en fotografía, como en música o en pintura, incluso como en arquitectura es tan solo aplicar unas reglas básicas allí donde se intuye una fotografía interesante. Personalmente acierto en ocasiones y en otras tantas obtengo resultados discretos. Pero es importante insistir, incluso cuando no llevamos una cámara a mano, la sencilla práctica visual es toda una escuela de aprendizaje, autoenseñanza y autoevaluación en sí misma, ejercicios básicos y comprometidos con la manera de cada cual de hacer fotografía. Agudizar el instinto visual, una forma especial de mirar, ese es quizás nuestro activo más preciado como fotógrafos.
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La mesa me procuraba la superficie lisa y neutra suficientemente grande como para jugar con planos superpuestos. Es una manía, una manera de encuadrar que me gusta repetir. Otra forma de destacar el sujeto central. Nada más. Entonces imagino las palabras y las frases que esas personas podrían estar leyendo, y quiero pensar que son textos con cierta relevancia, algo importante y enriquecedor, algún contenido que les permita la reflexión que les procure valorar otros puntos de vista y enriquecer sus horizontes. Quiero imaginar que podemos ser mejores, incluso algo más humanos.
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Suelo salir a la calle con una idea clara de qué tipo de fotos quiero hacer, como si fuera un reto o un ejercicio para agudizar mi percepción. Pero, ¡ay!, otras cosas me llaman la atención: unos pies, un ángulo, una esquina, un rótulo… Y lo curioso es que cuando me dejo llevar, cuando no me pongo límites y simplemente disfruto del momento, es cuando más me divierto. Luego, cuando pienso en ese ejercicio que me había propuesto al salir de casa, me digo: “¡La próxima vez sí que me lo tomo en serio y sigo el plan al pie de la letra!”. Ya veremos...
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Es una sensación que me invade de vez en cuando. Como si me quedase sin ideas, sin nada que decir, sin curiosidades que anotar en este FotoDiario. Cierto que ando de cabeza con otros temas, cosas de obras y reformas. Algo bastante ingrato en general y que me absorbe demasiado tiempo. Igual me obsesiono demasiado con todo y podría dejarme llevar, dejar hacer. Cualquier día de estos abrazo el budismo y me reencuentro con mi otro yo, ese que anda desperdigado por vaya usted a saber donde. Y quiero pensar que lo encontraría fotografiando, igual en una sala de algún museo, en un espacio en blanco.