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Lo primero que me llamó la atención fue su extraña postura, ese gesto de no estar a gusto en la sala y quizás ni siquiera dentro de su propio cuerpo. Los reflejos y las transparencias de los cristales hicieron el resto.
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Lo primero que me llamó la atención fue su extraña postura, ese gesto de no estar a gusto en la sala y quizás ni siquiera dentro de su propio cuerpo. Los reflejos y las transparencias de los cristales hicieron el resto.
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Hay situaciones, encuadres y composiciones que necesitan ser fotografiadas para que cobren toda su relevancia. De otra manera pasarían desapercibidas, desaparecerían en la línea del tiempo sin protagonismo alguno. Es la visión y el ojo fotográfico los que propician congelar el tiempo por un instante muy breve para ceder la palabra a una escena concreta, aportando sentido e intención. Luego queda la interpretación, la maravillosa capacidad de cada cual de imaginar.
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Pues depende como sea la tabla ¿no?. Pero de eso no es de lo que quería escribir, sino del momento de la instantánea o más bien de las personas que aparecen dentro del encuadre. Reviso la fotografía y pienso en como ciertas miradas invitan a bajar la cámara con humildad y pedir disculpas. En otros casos la complicidad es clara y podría montar una sesión fotográfica en el mismo lugar de la toma y sin más explicación, aunque reconozco que en esas circunstancias mi timidez me ha limitado en exceso y la cosa no ha ido a más. Y luego están esas otras expresiones, miradas que no termino de descifrar del todo y que en el mejor de lo casos no se a qué atenerme. Pero ante la duda siempre prevalece la fotografía, y luego ya veremos que pasa.
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Reconozco que no estoy quieto en un lugar concreto, me voy moviendo de acá para allá también desde el punto de vista fotográfico. Necesito variación, buscar puntos de vista y alternativas diferentes para narrar con la cámara. Experimentar e intentar todas las posibilidades que permita una situación concreta. El fracaso es una posibilidad, claro, pero la diversión está garantizada.
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“La fotografía es, en el mejor de los casos, un hilo de voz, pero a veces -sólo a veces- una fotografía o un grupo de ellas puede llevar nuestros sentidos hacia la conciencia. Mucho depende del espectador, en algunos, las fotografías provocan suficiente emoción para ser un catalizador del pensamiento”.
Eugene Smith
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Salir y fotografiar, también bajo la lluvia porque no siempre se pueden dar las mejores circunstancias para fotografiar, buscando quién sabe qué, seguramente por el sencillo placer de hacer alguna que otra instantánea, deambulando sin rumbo pero bien atento a cualquier posible escena, algún detalle interesante o quizás un contraste intenso.
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La escena tiene que llamarme la atención lo suficiente como para buscar la mejor fotografía posible. Por la composición que permita, por las personas que entran en el encuadre, la luz, siempre la luz, quizás los colores o tal vez lo peculiar de la situación. Si no hay un “algo” esencial aquello pasa desapercibido delante de mis ojos, sin mayor trascendencia. A cada cual nos motiva algo, esa esencia fotográfica que nos mueve a pulsar el disparador es la que nos distingue. Muchas veces me invade la duda por una u otra forma de fotografiar, la técnica o incluso (todavía) el tipo de cámara y sus ajustes; ¿será esta manera de fotografiar la mejor forma de expresarme?. Si, todavía me planteo este tipo de interrogantes y casi siempre despejo las dudas diciéndome a mí mismo que en realidad lo que cuenta es la imagen final, aquello que pueda transmitir y poco más.
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Partes de un todo. Líneas, ángulos, trayectorias, formas, planos,… geometrías. Composiciones que rozan la abstracción y todo gracias a esos elementos arquitectónicos que suelo encontrar en casi cualquier lugar. Miro, busco y compongo de manera que me permita encontrar el equilibrio, el orden necesarios para fotografiar.
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Una línea perfecta que divide el plano, un grafiti de esos con colores imposibles y personas subiendo por las escaleras que dan forma a esa diagonal. Un conjunto de circunstancias que me gritaba realizar la instantánea y yo soy un espíritu débil, lo reconozco. ¡Click!, unas más… ¡Click!.
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En ocasiones con nuestras cámaras atrapamos cosas inexplicables, reflejos extraños, dobles imágenes imposibles, siluetas en movimiento en un lugar donde aparentemente no se movía nada… misterios de la imagen, fantasías de la luz que capturamos solo por intuición al levantar la cámara y pulsar el disparador. Me parece asombroso poder asistir a esos instantes, disfrutarlos de nuevo al revelar y editar, compartirlos y volver sobre esas fotografías de vez en cuando.
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Existe una gran tradición en la historia de la fotografía en lo referente a captar grafitis con mensajes o grafismos más o menos complejos. Me viene a la memoria grandes fotógrafos como el gran Brasaï y mas modernos como Martha Cooper. Son dos referentes, fotógrafos que me sirven de inspiración y aprendizaje constante. Luego está eso de salir cámara en mano a recorrer la ciudad. Y dejarse llevar, nada más.
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En ese otro lugar luminoso es donde se construyen las historias por la gracia de los contrastes, las sombras y los reflejos. Y el tiempo, claro. Lo demás es intentar lo imposible o lo improbable, con resultados inciertos pero con la grandeza de esa misión imposible como objetivo. La fotografía está repleta de retos por superar, juegos tentadores para todo aquel que se adentre en el mundo de la luz y las sobras con una cámara agarrada firmemente, con los principios básicos de la honestidad y poco más.
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Es la magia de la la calle. Solo reclama nuestra atención, nos atrae con cada escena que construye, con sus contrastes de luz y sus pronunciadas sombras, con cada detalle que nos muestra para que nos impliquemos y participemos en un juego de miradas, atentos a cada situación inesperada. Y yo me dejo llevar, caigo en su embrujo, en ese encanto tan especial de la vida urbana. Y quizás la fotografía solo sea la excusa perfecta.
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Algunas imágenes las construimos en nuestro cerebro antes de que se produzcan. Las soñamos. Te desplazas a ese lugar concreto y esperas, dejas pasar el tiempo aguardando el instante imaginado. Incluso vuelves en varias ocasiones con la misma idea en la cabeza. No siempre resulta, claro, nunca es tan fácil, pero suele ser un ejercicio muy entretenido.
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Observo el ir y venir de la gente, muchos turistas, personas apresuradas que están de paso, bolsas de comercios que se confunden entre grupos que esperan y aquellos que transitan con premura. Sigo observando, preparo la cámara y hago dos tomas, instantáneas testigos del ajetreo diario en La Gran Vía madrileña. Nada nuevo, tan solo la grandeza de lo particular reflejado en la vida de los que quedan dentro del encuadre.
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¿Alguna vez os habéis parado a pensar en lo que estará contando alguien que se os cruza hablando por el móvil?, ¿de qué tratará su conversación?. Seguramente coincidiríamos poco en los posibles temas de la charla, somos tantas almas en este mundo y ¡tan dispares!... Recuerdo una campaña de una operadora que decía: “Lo importante es poder hablar”. Me parecía un eslogan genial, perfecto para impulsar a la gente a usar el móvil. Ahora usamos nuestros móviles para casi todo y hablar por teléfono igual se ha convertido en algo secundario. A veces me pongo a pensar en cómo cambia nuestra sociedad, quizás demasiado rápido, sin tiempo para asimilarlo todo.
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Creo sinceramente que cada fotografía que capta la rutina diaria en cualquier calle de una ciudad, es un instante histórico congelado en el tiempo, y que más allá de la calidad técnica de la instantánea, queda el registro de las vidas de otros. Un registro que luego permite la observación y encontrar coincidencias con nuestra propia vida y recuerdos personales. Creo que incluso puede ayudarnos a empatizar con los demás y, porqué no, entender mejor que pertenecemos a un todo y que ningun@ de nosotr@s somos mejor o peor que l@s protagonist@as de las escenas. Que tod@s de alguna manera somos especiales.
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Reconozco que me llama la atención cosas extrañas, curiosidades, incluso en ocasiones inverosímiles. Es mi tendencia a fotografiar escenas que me suponen un interrogante. Buscar algo más que la mera escena, algo más que la necesaria fotografía. Y luego caminar divagando en un posible relato que acompañe a la instantánea, un título más o menos ingenioso y el placer, claro está, de dejar pasar el tiempo caminando a la espera de cruzarme con otra escena que despierte mi curiosidad.
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Es como si el móvil guardara todo el poder de la tierra dentro de una caja plana y relativamente pequeña. Nos condiciona, nos posee, nos manipula… todo lo demás parece carecer de importancia.
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Pasar desapercibido tras los cristales, entre un café y otro, desde dentro observando el exterior. En ese escenario donde siempre ocurren cosas, esas que forman trozos de vida mientras todo pasa delante de mis ojos. Tan sencillo como esperar la escena imaginada.