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Lo primero que me llamó la atención fue su extraña postura, ese gesto de no estar a gusto en la sala y quizás ni siquiera dentro de su propio cuerpo. Los reflejos y las transparencias de los cristales hicieron el resto.
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Lo primero que me llamó la atención fue su extraña postura, ese gesto de no estar a gusto en la sala y quizás ni siquiera dentro de su propio cuerpo. Los reflejos y las transparencias de los cristales hicieron el resto.
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Hay situaciones, encuadres y composiciones que necesitan ser fotografiadas para que cobren toda su relevancia. De otra manera pasarían desapercibidas, desaparecerían en la línea del tiempo sin protagonismo alguno. Es la visión y el ojo fotográfico los que propician congelar el tiempo por un instante muy breve para ceder la palabra a una escena concreta, aportando sentido e intención. Luego queda la interpretación, la maravillosa capacidad de cada cual de imaginar.
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Partes de un todo. Líneas, ángulos, trayectorias, formas, planos,… geometrías. Composiciones que rozan la abstracción y todo gracias a esos elementos arquitectónicos que suelo encontrar en casi cualquier lugar. Miro, busco y compongo de manera que me permita encontrar el equilibrio, el orden necesarios para fotografiar.
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Algunas imágenes las construimos en nuestro cerebro antes de que se produzcan. Las soñamos. Te desplazas a ese lugar concreto y esperas, dejas pasar el tiempo aguardando el instante imaginado. Incluso vuelves en varias ocasiones con la misma idea en la cabeza. No siempre resulta, claro, nunca es tan fácil, pero suele ser un ejercicio muy entretenido.
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Este pequeño espacio es ya un refugio seguro, un diario fotográfico que aunque "flota" en este universo de lo intangible, lo tengo identificado por coordenadas mentales bien precisas. Un lugar que un buen día amueblé con una pequeña estantería donde voy colocando libros cuidadosamente seleccionados, alguna que otra fotografía en papel (aquellas que en algún momento despertaron mi interés), una espaciosa mesa que me permite visualizar las instantáneas con calma y un buen sillón, de esos giratorios, reclinable y cómodo, para pasar largos ratos (tampoco tantos) sentado. Con luz, mucha luz, toda si es posible y así permitirme soñar. Un lugar de escape, de vida. Y creo que me falta camino por recorrer, también en este rincón. Carezco de habilidad para articular las palabras con elegancia y sentido literario, que supongo, algún día llegará. O nunca probablemente. Y me falta, sobre todo, captar fotografías realmente interesantes, distintas, de esas que no olvidas cuando las ves por primera vez y quedan ya retenidas en la memoria para siempre, en un pequeño archivador de alguna estantería en el espacio íntimo y personal de cada cual, quizás con la etiqueta "Úa".
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Si, lo sé, es primavera y aquí sigo entre salas de museos, visitando exposiciones y viendo mucha fotografía. Mirando aprendo, siempre encuentro similitudes, miradas que comparto, puntos de vista fotográficos muy parecidos con los que me identifico. Y siempre la duda: la idea que pensaba desarrollar ya se ha hecho hace no sé cuantos años; esa manera de encuadrar, de mirar que creía "tan mía", parece copia de miradas y encuadres anteriores en el tiempo. La fotografía es creación y como tal obra creativa está expuesta a la incertidumbre, a la duda, incluso al cuestionamiento de la legitimidad de los principios mostrados. Y debe de ser así. Nada nuevo, quizás un exceso de inseguridad…, luego entra revoloteando otra idea entre pensamientos negativos, mientras, todo se desvanece lentamente y me obligo a recordar que esto es un juego, una afición seria, si, pero fundamentalmente un divertimento sin mayor gloria. Además ya es primavera.
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Visito ocasionalmente algunas salas que sé con certeza que exponen obra singular y rara, curiosa siempre. Sin entrar a cuestionar la calidad artística de lo que suelo encontrarme allí, solo diré que me divierto con los encuadres, la fuerza de los contrastes y algunas veces, las expresiones de asombro que puedo observar en algún que otro visitante. Yo mismo podría hacerme un autorretrato en algún momento de la visita, seguro que tendría un valor incalculable a nivel expresivo como coleccionable fotográfico. En realidad lo que me mata es no haber sido invitado a la inauguración de una de esas exposiciones y poder moverme como uno más, entre artistas e invitados, entre ese mundillo que intuyo plagado de egocentrismo, vanidad y alguna que otra pincelada de envidia bien camuflada entre copas y pinchos de queso y croquetas de hiper. Y fotografiarlo todo: un mundo, intenso, emocional y muy fotogénico más allá del mero reportaje social. Me centraría más bien en buscar la situación, con algo de picardía y de mala leche. A veces pienso en lo que me he perdido, en el sentido fotográfico, por no dedicarme al mundo del arte..., y de la moda.
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Tuve un profesor que aseguraba que componer con formas geométricas, buscando la sucesión de planos, la armonía y equilibrio entre ángulos, líneas y superficies, puede llegar a tener mucha importancia a la hora de dirigir la mirada, centrar la atención y equilibrar el resultado final. ¿Y el color?, preguntaba yo: ¡sin miedo, con atrevimiento!, respondía él.
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Mujeres en silencio se detienen y analizan cada fotografía. Flota en el ambiente esa peculiar sensación fotográfica: los marcados contrastes, la quietud de los cuerpos frente a las tomas expuestas,… y las salas que parecen cobrar vida bajo el silencio. Es como si cada escena pudiera capturarse en una instantánea perfecta, pendiente de añadir después algún texto más o menos creativo, más o menos explicativo. Todo invita a mirar más allá de lo obvio, a encontrar historias ocultas en la luz, las formas y en las miradas fijas de quienes observan, a fotografiar esas historias y de alguna manera detener con cada fotograma el tiempo.
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Algo tienen los museos que me atraen poderosamente, en el sentido fotográfico me refiero. Podría argumentar muchas razones: la intimidad que allí se respira, la tranquilidad de los visitantes, el tiempo y el “tempo” que envuelve todo, la luz, claro, y esa sensación de poder pensar la fotografía antes de realizarla. Supongo que esa curiosa mezcla de características hacen que me sienta cómo fotografiando en los museos, paseando por sus salas y deambulando entre el público.
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Me senté en una mesa cerca de él, preparando mi cámara. No pude evitar imaginar sus palabras escritas, incluso sus pensamientos. ¡Qué forma tan interesante de abstraerse, imaginar lo que otros piensan e incluso escriben! ¿Quién sabe?, igual estaba tomando notas para su próxima novela. El ambiente, la situación, la luz, todo parecía perfecto para una fotografía, pero no tenía intención de romper la tranquilidad del lugar. Un clic y el suave sonido del obturador fueron los únicos sonidos que se colaron entre el bullicio de la calle. También pedí un té y me quedé un buen rato perdido en mis ideas. Después pagué y me fui caminando. Él seguía allí sentado, escribiendo sus propios pensamientos.
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Da hasta miedo encender la Tv para ver las noticias, pavor hojear el periódico y terror escuchar la radio o leer algún post en internet. Prefiero mirar al cielo, que hasta el momento me suele devolver alguna que otra curiosidad sin mayores consecuencias; ver para buscar pequeños rincones reconfortantes que me recuerdan que la vida es lo más importante y que somos detalles insignificantes entre tantas cosas.
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Componer en fotografía, como en música o en pintura, incluso como en arquitectura es tan solo aplicar unas reglas básicas allí donde se intuye una fotografía interesante. Personalmente acierto en ocasiones y en otras tantas obtengo resultados discretos. Pero es importante insistir, incluso cuando no llevamos una cámara a mano, la sencilla práctica visual es toda una escuela de aprendizaje, autoenseñanza y autoevaluación en sí misma, ejercicios básicos y comprometidos con la manera de cada cual de hacer fotografía. Agudizar el instinto visual, una forma especial de mirar, ese es quizás nuestro activo más preciado como fotógrafos.
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Es una sensación que me invade de vez en cuando. Como si me quedase sin ideas, sin nada que decir, sin curiosidades que anotar en este FotoDiario. Cierto que ando de cabeza con otros temas, cosas de obras y reformas. Algo bastante ingrato en general y que me absorbe demasiado tiempo. Igual me obsesiono demasiado con todo y podría dejarme llevar, dejar hacer. Cualquier día de estos abrazo el budismo y me reencuentro con mi otro yo, ese que anda desperdigado por vaya usted a saber donde. Y quiero pensar que lo encontraría fotografiando, igual en una sala de algún museo, en un espacio en blanco.
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Tenía que comenzar el año con alguna fotografía. Todo este tiempo pasado sin publicar nada, con tantas y tantas cosas como suceden, casi siempre tristes, terribles, atroces… la lista es ya demasiado extensa y pesada, como una losa que nos aplasta la conciencia. Lo cierto es que no me quedaban demasiadas ganas de rellenar unas líneas y seleccionar una fotografía. Por eso quizás publico esta toma casi abstracta, libre a la interpretación, sin más pretensiones que iniciar el año en este minúsculo rincón.
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Tanta preocupación (un tanto contradictoria, eso sí) por nuestra intimidad. Si alguien nos fotografía en la calle, si nos filman, si nuestras aplicaciones comparten nuestros datos… Ese ojo de “Gran Hermano” que sentimos siempre encima de nosotros… tanta preocupación y no nos damos cuenta que una persona cualquiera nos observa con mucha atención. Ese individuo con una cámara en la mano.
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Capturar la complejidad de nuestro mundo en una sola fotografía es todo un reto. Algunos intentan por todos los medios hacernos ver otra cosa, una imagen del mundo distinta, pero la realidad es tozuda, la realidad se llama poco a engaños. Con el año llegando a su fin, cargado de sus dificultades, y el nuevo año a la vuelta de la esquina, heredando los mismos problemas, ahora más que nunca siento la necesidad de celebrar la diversidad.
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Estamos influenciados por tantas cosas: imágenes, gráfica, cine…, fotografía por descontado, incluso por las noticias a diario o la situación social. Somos como esponjas, al menos así me veo yo mismo, como una enorme esponja que va absorbiendo casi todo y supongo que en algún momento lo proceso conservando solo lo esencial, lo que me interesa, cada cual lo suyo, claro, cada un@ de nosotr@s guarda lo que de verdad nos llena. Escribo esto al pensar en la fotografía que subo en el post de hoy; la idea de las simetrías y de los juegos visuales. Y me viene a la cabeza ese fantástico señor que fue Victor Vasarely, artista húngaro considerado el padre del Op Art (arte óptico) y una figura clave del arte cinético allá por la década de los 50 y 60 del siglo pasado. Ya sabéis aquellas imágenes de esferas tridimensionales o planos con formas que se repiten y se degradan creando fantásticos juegos visuales y simetrías. En el momento de la toma de esta fotografía que subo, imaginaba planos sin un principio ni un final claros, luego al revelar en el ordenador es cuando me recordó al bueno de Vasarely, guardando una prudente distancia, claro. Y creo que así debe de ser. Tenemos referentes que el subconsciente trata de imitar, pero que nuestra manera de mirar -esa mezcla de todas nuestras influencias- se encarga de modificar y nos proporciona un resultado diferente, no creo que se pueda considerar único pero desde luego si se trata de algo propio y genuino entendido como auténtico, legítimo o verdadero.
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Voy a insistir unos días y unas páginas en este asunto de la arquitectura. Lo que me atrae especialmente es abstraerme del edificio en sí y centrarme en la mera composición. Es un ejercicio y un juego con resultados desiguales, claro, pero como experiencia me parece muy interesante de abordar. Si es con buena compañía mejor, ¿acaso se puede pedir más?; quizás sí, acertar con alguna fotografía, pero eso ya es para nota alta.
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Estoy revisando algunas notas e ideas que he escrito, y al echar un vistazo a la última entrada en este FotoDiario, me doy cuenta de cierta obsesión -fascinación- por esta manera de componer. Desde joven, he estado muy influenciado por la pintura, el diseño gráfico, la ilustración, incluso la arquitectura que surgieron en Rusia a principios del siglo XX. La vanguardia artística rusa floreció en un contexto de grandes cambios políticos y sociales, especialmente durante y después de la Revolución Rusa de 1917. Los artistas de esa época intentaron integrar su trabajo con ideologías progresistas, explorando nuevas formas para expresar las esperanzas de una sociedad socialista moderna. Me atraen mucho esas formas, el uso vanguardista de la tipografía, la composición y los colores planos contrastados. Cuando me acerco a la fotografía, llevo conmigo toda ese bagaje conceptual, junto con las manías y recursos que siempre aprovecho cuando veo una buena oportunidad.