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¡Vamos con el 26!.
Os deseo lo mejor en este nuevo año que está apunto de comenzar.
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Tanta preocupación (un tanto contradictoria, eso sí) por nuestra intimidad. Si alguien nos fotografía en la calle, si nos filman, si nuestras aplicaciones comparten nuestros datos… Ese ojo de “Gran Hermano” que sentimos siempre encima de nosotros… tanta preocupación y no nos damos cuenta que una persona cualquiera nos observa con mucha atención. Ese individuo con una cámara en la mano.
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Capturar la complejidad de nuestro mundo en una sola fotografía es todo un reto. Algunos intentan por todos los medios hacernos ver otra cosa, una imagen del mundo distinta, pero la realidad es tozuda, la realidad se llama poco a engaños. Con el año llegando a su fin, cargado de sus dificultades, y el nuevo año a la vuelta de la esquina, heredando los mismos problemas, ahora más que nunca siento la necesidad de celebrar la diversidad.
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Van quedando menos días para acabar el año y parece como si fuera justo de fuerzas. Ahora es cuando más necesito energía para superar estas fechas, especialmente de cara a la Navidad. Energía para superarlas con optimismo y ganas. Energía para seguir haciendo fotografías.
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Hay lugares y horas con luces imposibles donde el sensor de la cámara hace maravillas para intentar sacar algo de provecho de la intención malévola del autor de turno. Personalmente, no me intimidan las condiciones de poca luz; simplemente aumento el ISO hasta más allá y un poco más, que luego hay un ruido que te mueres, pues tanto mejor y sí, para mí es grano fotográfico, no ruido. Grano digital, claro, pero tan ricamente, sin mayor problema.
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Mientras edito la foto que subo hoy, me doy cuenta de que ya debería estar pensando en la Navidad. Me gustaría ir publicando fotos más acordes con las fiestas que se acercan. Al menos esa es la sensación que tengo con tanta publicidad insistiendo en ello, lo de las fiestas me refiero. Sin embargo, salgo poco a fotografiar estos días, siempre he sentido cierta pereza y reconozco falta de motivación a la hora de tomar fotos pensando en la Navidad. No puedo con tanto cliché. Quizás solo sea otra manía a superar, una más apuntada en la lista. En cualquier caso, encuentro más espontaneidad en cualquier otros momentos del año, y aunque no garantizo que mi mirada sea plenamente objetiva (¿quién puede?), sí puedo afirmar que lo que retrato sucedió.
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Fotografiar el reflejo que nos devuelve un espejo, un escaparate o similar es adentrarse en un mundo desconocido, diferente, donde todo es posible porque lo que captas casi seguro pasa inadvertido, es en apariencia irrelevante y, más que cualquier otra cosa, completamente fugaz. Sin embargo, ahí dentro hay un mundo lleno de vida que complementa lo conocido y habitual, donde todo aquel que lo habita es ajeno a lo que sucede en este otro lado. Transgredir sus fronteras siempre me resulta inquietante.
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Lluvia, lluvia, prisas, prisas, lluvia y humedad. Todo se agita. Se estremece la calle delante del objetivo. La cámara se moja y el parasol mantiene la lente limpia a duras penas. ¡Qué difícil resulta fotografiar en medio de la lluvia!, pero ofrece tantas posibilidades: el movimiento, las texturas, las capas superpuestas y la gente a su aire, sin preocuparse demasiado por mi presencia en la acera con una cámara en la mano. ¡Tengo que volver!, me digo mientras edito esta fotografía. Veamos la previsión de la meteo, ¿para cuando lluvias?.
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Retratar Madrid, es retratar a sus gentes, sus usos y costumbres. Creo que en alguna ocasión ya he escrito aquí mismo que cuando salgo a caminar con la cámara es como si llevase un bloc de notas, una libreta de acción rápida para registrar aquello que me llama la atención. Puede ser un detalle, una gráfica o una escena pasajera e inmortal a la vez. Intento no juzgar lo que veo, simplemente lo retrato con un toque de empatía. Incluso si algo no me gusta del todo, intento el lado documental de la escena. Y es lo que procuro hacer últimamente después de pasar demasiado tiempo buscando como me gustaría que fuese la ciudad, sin entender que Madrid es lo que es, al margen de mi opinión, de cualquier opinión personal. Creo sinceramente que esta es la mejor manera de comprender la ciudad, también cómo somos, y me doy cuenta de que es en sus calles donde me siento más cómodo fotografiando. No hay mucho más misterio que eso.
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Si hay un lugar emblemático en Madrid ese es sin duda La Puerta del Sol. No carente de lacras que la afean y cierta cutrez gracias a la insistencia de diferentes equipos de gobierno municipal, empeñados todos en mejorar una y otra vez la plaza, logrando sin embargo, relegarla un poco más al gabinete de los horrores y atropellos urbanísticos. Y llevamos unos cuantos. El caso es que a pesar de todo eso, no puedo negar sus posibilidades sin límites a nivel fotográfico. Es un lugar de encuentro donde foráneos y autóctonos se entrecruzan mezclándose en infinidad de olores, colores y lenguas, además de la publicidad, las marcas y los eslóganes. Yo lo tengo como tradición, pasar por allí con cámara a mano, una o dos veces al mes, o quizás más.
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Vuelvo a la ciudad después de un tiempo pateando los montes y los bosques. Con una mirada similar para fotografiar cosas tan distintas me siento un animal algo extraño y por eso comienzo por aquellos lugares que conozco bien. El reencuentro siempre es alentador y observar estas curiosas formas y costumbres nuestras siempre me procuran cierta extrañeza e inspiración.
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“Aprendemos múltiples maneras de ajustar nuestras cámaras sin prestar demasiada atención a la manera en la que vemos”.
“Lo que más me sorprende es que podamos mirar una mancha de tinta de dos dimensiones sobre un papel y reconstruir una imagen que signifique algo y evoque en nosotros emociones similares a las que sentimos cuando observamos en directo una escena natural.”
Galen Rowell
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“Sobreexposición y subexposición son pasos para corregir los errores de Dios al establecer las relaciones entre los tonos”
"La fotografía de paisajes es la prueba suprema del fotógrafo y, a menudo, la decepción suprema".
Ansel Adams
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Hans Hofmann decía que “en la naturaleza, la luz crea el color; en la imagen, el color crea la luz”. Me hace pensar si la fotografía de naturaleza y paisaje necesita el color para expresarse bien. Esta pregunta me viene a la mente cada vez que trabajo en blanco y negro con fotos de naturaleza. Quizás el color es la mejor forma de capturar un momento especial, mientras que el blanco y negro es solo una interpretación, una forma de darle un giro a la historia que queremos contar. No creo que el color sea la “verdad” absoluta en fotografía, ni que el blanco y negro sea la “esencia artística” por sí solo, aunque a veces se piensa así. Lo cierto es que entre uno y otro postulado hay un montón de gamas de color y un montón de grises.
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Reviso la fotografía que publico y la recuerdo como una de esas escenas que cuando las miras ya estás viendo el resultado (aproximado y subjetivo, claro) en monocromo. ¿Qué tendrá el blanco y negro que es tan poderoso, tan esencial, tan sugerente. Y en la mayoría de las ocasiones, para defender el blanco y negro frente al color, solo puedo aferrarme a su componente emocional, evidentemente personal, y quizás repleto de todo lo vivido, lo leído y lo visto. Las influencias están ahí siempre y por encima de casi cualquier otra razón; y he bebido tanto de esas fuentes clásicas, de l@s fotógraf@s de los años 40, 50 y 60, aquell@s que tod@s conocemos y volvemos sobre ell@s en innumerables ocasiones, que el monocromo siempre lo asocio a un tipo de fotografía que me importa.
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Revisando las fotografías de este Otoño en Pirineos descubro que asumo una parte emocional a la hora de fotografiar en la naturaleza, quizás no se manifieste de manera tan evidente en otro tipo de fotografías que realizo, aunque igual sí, no lo tengo del todo claro. También puede ser que me condicionen ciertos lugares, incluso la luz, el ambiente, la humedad y el frío pueden alterar una percepción más neutral, si es que se puede ser neutral delante de según que temas y escenas. ¿Y acaso tengo que ser neutral?. Se que es un poco galimatías estos pensamientos que intento ordenar mientras escribo, quizás solo sea el reflejo de lo que me sugieren las fotografías tomadas una vez que las reviso. Son dudas, muchas dudas, certezas pocas, tan solo el disfrute al volver sobre un lugar emocional, entendido como un espacio físico o mental que genera sentimientos de seguridad y calma.
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Como aficionado (aunque el término francés amateur me gusta más) en esto de la fotografía suelo tocar distintos motivos. Por descontado que todo aquello relacionado con la ciudad es donde más seguro y cómodo me encuentro, supongo que haber vivido toda la vida en una ciudad grande condiciona mucho. La naturaleza, la montaña, los bosques son lugares en los que disfruto caminando y también fotografiando. Lo que no tengo claro es si fotografío la naturaleza igual que fotografío la ciudad, es decir, si me condiciona mi manera de afrontar la calle a la hora de mirar un bosque, un río o un monte. Supongo que la mirada, la búsqueda de unas respuestas (o la insistencia en las interrogantes) allí donde nos adentramos a fotografiar, es lo que en última instancia condiciona la fotografía que hacemos.
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Poderosas formas, aferrada a la vida entre rocas y troncos de árbol, vegetación de un verde intenso que desafía al sensor de la cámara digital. Capto el detalle, nada más.
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Encontrar un claro en el bosque a primera hora de la mañana, cuando el sol calienta la escarcha y a los animales del cercado, es una experiencia realmente bella. Puede parecer un placer pequeño, pero está lleno de sensaciones. Todo parece vibrar con vida, y tu mente se llena de ideas, incluyendo posibles fotografías. Solo hay que elegir la que más te guste y vivir el momento. Es increíble lo mucho que podemos disfrutar con tan poco.
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“Hoy me siento orgulloso al decir que soy inhumano que no pertenezco a los hombres ni a los gobiernos, que no tengo nada que ver con credos ni principios. No tengo nada que ver con la maquinaria crujiente de la humanidad: ¡pertenezco a la tierra!”.
Henry Miller
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«La fotografía como expresión creativa -o lo que se quiera- debe ser algo más que ver. Ver solo significa registrar hechos. La fotografía no es en absoluto ver en el sentido en que ven los ojos. Nuestra visión es binocular, está en un estado continuo de flujo, mientras que la cámara solo capta una única condición aislada del momento.»
Edward Weston, 1 de febrero de 1932
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Se abre entre montañas envueltas en nubes. Brilla con su propia luz gracias a los colores del otoño. Se ve majestuoso, orgulloso de todo lo que guarda: su historia, su gente, la vida que se respira en cada detalle de una foto que apenas le hace justicia.
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Pero el color no lo es todo en otoño. La profundidad emocional y sutil del monocromo puede transmitir tanto o más que una variada paleta de ocres y verdes, la abstracción y el distanciamiento que procura invitan a fantasear, imaginando todo aquello que no se muestra de manera clara.
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Allí dentro ocurren cosas mágicas. La percepción se dispara y nos invita a fantasear buscando lo extraordinario y ofreciendo la posibilidad de interpretar la realidad, de por sí percibida escasamente, de manera consciente. Me pierdo y me inunda una sensación de plenitud y bienestar. Nada más deseado, nada más íntimo; alguien, uno más, dentro del bosque sintiéndome parte de él, parte irrelevante y prescindible, pero con el privilegio de respirar y caminar.
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Después de tanta urbe el cuerpo me pide respirar aire de montaña. Y aprovecho el otoño para disfrutar del aire fresco, los colores saturados y la humedad en el ambiente.
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Me llamó la atención nada más verlo, solo tenía que esperar que pasase alguna persona, trabajadores de la empresa caminando por un pasillo acristalado que une dos alas de un edificio inteligente. Todo aséptico, todo encapsulado. Y esas siluetas de aves pegadas en los cristales me parecieron el contrapunto perfecto. Un simulacro de naturaleza para sobrellevar una vida en la cápsula. Me pregunto en qué momento perdimos nuestro vínculo con la naturaleza, en qué instante dimos la espalda a todo lo importante.
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Me atraen las formas de algunos edificios, cuanto más sencillas más me interesan; su disposición, cómo se repiten creando un ritmo visual hipnótico y como la luz natural resalta la geometría de las estructuras, generando contrastes entre sombras profundas y superficies iluminadas. Cada elemento parece conducir al siguiente, formando una cadena visual que transmite continuidad y orden. Algún detalle en la estructura suele destacar sobre el resto y en él puede residir su sentido emocional. La sencillez obliga a la imaginación y la imaginación procura la emoción. Lo básico puede convertirse en extraordinario y esa invitación al juego fotográfico ya es un aliciente en sí misma.
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Una sintonía de líneas puede llegar a ser musical, así lo creo. Y Kandinsky lo sabía a la perfección. Usaba la música como inspiración para sus pinturas abstractas, mezclando color, sonido y sensaciones. Creo que la fotografía de arquitectura puede tener algo de eso también, al menos desde mi punto de vista. Si me abstraigo del conjunto centrándome en detalles que armonicen y compongan una sencilla melodía de formas, líneas y contrastes, el resultado puede tener algo de ese componente musical. Y cuando llego a ver la fotografía de esta manera, entonces es el color el que se encarga de las sensaciones.
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En general, creo que en fotografía el color puede hacer más comprensible un detalle aislado que el uso del blanco y negro. Extraído de un conjunto mucho más grande e impactante queda a merced de la valoración y de la interpretación. En otras ocasiones considero posible mantener la intriga, usando el color también para acrecentar la duda e invitar a interrogarse por lo que se está observando. Las decisiones tomadas siempre nos conducen por caminos muy diferentes, nos abren puertas cerrando otras tantas y nos muestran un camino que resulta tan interesante como ganas tengamos de recorrerlo.
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A veces, los objetos, también los conceptos y las ideas, se separan porque se vuelven demasiado intensos para manejarles juntos. Cada parte sigue su propio camino, a menudo diferente, buscando destacar y también hacerse entender. El pasado se convierte en un leve recuerdo, su conexión con un todo más grande y quizás más importante, vuelve a esos objetos, esas partes, comprensibles y procura respuestas a las dudas que causaron esa separación. En otras ocasiones esas partes de un todo por si solas no tienen un significado claro, entonces contribuyen a la confusión y a la duda, pero también a la imaginación.
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Estamos influenciados por tantas cosas: imágenes, gráfica, cine…, fotografía por descontado, incluso por las noticias a diario o la situación social. Somos como esponjas, al menos así me veo yo mismo, como una enorme esponja que va absorbiendo casi todo y supongo que en algún momento lo proceso conservando solo lo esencial, lo que me interesa, cada cual lo suyo, claro, cada un@ de nosotr@s guarda lo que de verdad nos llena. Escribo esto al pensar en la fotografía que subo en el post de hoy; la idea de las simetrías y de los juegos visuales. Y me viene a la cabeza ese fantástico señor que fue Victor Vasarely, artista húngaro considerado el padre del Op Art (arte óptico) y una figura clave del arte cinético allá por la década de los 50 y 60 del siglo pasado. Ya sabéis aquellas imágenes de esferas tridimensionales o planos con formas que se repiten y se degradan creando fantásticos juegos visuales y simetrías. En el momento de la toma de esta fotografía que subo, imaginaba planos sin un principio ni un final claros, luego al revelar en el ordenador es cuando me recordó al bueno de Vasarely, guardando una prudente distancia, claro. Y creo que así debe de ser. Tenemos referentes que el subconsciente trata de imitar, pero que nuestra manera de mirar -esa mezcla de todas nuestras influencias- se encarga de modificar y nos proporciona un resultado diferente, no creo que se pueda considerar único pero desde luego si se trata de algo propio y genuino entendido como auténtico, legítimo o verdadero.
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Voy a insistir unos días y unas páginas en este asunto de la arquitectura. Lo que me atrae especialmente es abstraerme del edificio en sí y centrarme en la mera composición. Es un ejercicio y un juego con resultados desiguales, claro, pero como experiencia me parece muy interesante de abordar. Si es con buena compañía mejor, ¿acaso se puede pedir más?; quizás sí, acertar con alguna fotografía, pero eso ya es para nota alta.
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¿Acaso es posible extraer de la arquitectura como motivo fotográfico algo más que un conjunto de líneas y una composición acertada?, ¿y la emoción o el sentimiento? ¿cuentan?, pero, ¿somos capaces de transmitirla?. Es evidente que sí, cuando reviso obras fotográficas de algunos fotógrafos, me viene a la cabeza Lucien Hervé, por ejemplo, o Ezra Stoller, también Hélène Binet. Otra cosa es a título personal, aunque siempre queda la intención, las ganas por lograr ese “algo” que atrape, procurando la atención suficiente como para motivar a reflexionar aunque solo sea por un instante. René Magritte escribió: “Se trata de inventar un universo, no de describirlo”.
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Estoy revisando algunas notas e ideas que he escrito, y al echar un vistazo a la última entrada en este FotoDiario, me doy cuenta de cierta obsesión -fascinación- por esta manera de componer. Desde joven, he estado muy influenciado por la pintura, el diseño gráfico, la ilustración, incluso la arquitectura que surgieron en Rusia a principios del siglo XX. La vanguardia artística rusa floreció en un contexto de grandes cambios políticos y sociales, especialmente durante y después de la Revolución Rusa de 1917. Los artistas de esa época intentaron integrar su trabajo con ideologías progresistas, explorando nuevas formas para expresar las esperanzas de una sociedad socialista moderna. Me atraen mucho esas formas, el uso vanguardista de la tipografía, la composición y los colores planos contrastados. Cuando me acerco a la fotografía, llevo conmigo toda ese bagaje conceptual, junto con las manías y recursos que siempre aprovecho cuando veo una buena oportunidad.
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Tomar una foto es algo que hacemos todos los días, pero para mí y supongo que también para vosotr@s, es una oportunidad para jugar con luces y sombras, explorar líneas y ángulos, y experimentar con diagonales y contrastes. La diversión está en cualquier lugar y en cualquier momento. La fotografía nos ofrece todo eso; solo necesitamos capturar el instante.
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No siempre resulta fácil centrarse en algo y mantener la atención durante el tiempo suficiente para entender lo que está sucediendo; entenderlo desde lo más profundo, como si viviéramos un instante determinado de manera consciente, sin sucumbir a otras distracciones. En ocasiones lo consigo cuando fotografío. Me refiero a esa concentración que me permite identificar aquello que puede resultar interesante, incluso sorprendente. Supongo que en algún momento nos ha pasado a tod@s, es ese tempo que nos introduce en una escena y sin ninguna otra consideración terminamos formando parte de ella, la fotografiamos aparentemente desde fuera, pero la pertenecemos, somos parte inseparable del cuadro que delimita el fotograma. Y ofrecemos la oportunidad a cualquier otra persona cercana que vea el conjunto y lo considere idóneo, de introducirse y desdeñando cualquier otra distracción, participar de la escena creando a su vez una nueva, diferente, única. Un nuevo cuadro, otro fotograma, quizás una fotografía. Luego, pasado un momento, vuelvo a la realidad y continúo mi caminar.
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Hace ya algunos años, por estas fechas, empecé a compartir fotos con textos cortos en este pequeño rincón de Internet. Siempre lo he llamado “FotosqueImportan”, pero su esencia ha evolucionado hasta convertirse en un FotoDiario. Desde 2008, he estado llenando las páginas de este diario con cosas que me intrigan, me conmueven, me resultan curiosas o simplemente son apuntes de lo que veo a mi alrededor. Son momentos personales, sentimientos, ideas y, a veces, abstracciones que quizás sean un poco confusas. Pero ahí están, un reflejo del tiempo que hemos vivido. Compartir con tod@s los que tenéis el interés, el tiempo y la amabilidad de pasar, dejar algún comentario y opinión es muy gratificante. Esa conexión, aunque sea a distancia y a través de una pantalla, ya es suficiente para seguir un año más. Mil gracias por vuestra paciencia y amabilidad.
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Con solo unos pocos elementos, puedes crear una narrativa fotográfica interesante. Recientemente, reflexionaba sobre si realmente podemos fotografiar cualquier cosa. No me refería a si es posible técnicamente, sino a si cada imagen capturada tiene suficiente valor para ser discutida, comentada, opinada o analizada. Tal vez ya todo ha sido fotografiado, desde los detalles más pequeños hasta las escenas más amplias. Me doy cuenta de esto al revisar el trabajo de fotógrafos históricos y algunos más recientes. Quizás solo estamos repitiendo lo que ya se ha hecho, con diferentes encuadres, contrastes, luces y sombras, temas… Pero siempre tengo la justificación de disfrutar de lo que hago, y eso es algo muy valioso.
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Mirar con curiosidad, preguntarnos qué hay más allá de esa puerta, es una pregunta eterna. Es la necesidad de aprender y seguir enriqueciendo nuestra alma. Es tan simple como la esencia humana, pero también tan complicado como los obstáculos que el mundo moderno nos presenta con distracciones y trampas disfrazadas de conformismo y pereza. Nunca dejaré de hacerme preguntas; mi curiosidad no tiene fin y siempre me pregunto qué habrá detrás de esa puerta.
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Estaba esperando a alguien que se tomaba su tiempo. Y me sentía justo en medio de ese tipo de situaciones en las que mirar el reloj solo te hace sentir más ansioso. Prefiero mantenerme ocupado con otras cosas, pensaba, y mientras lo hago, noto un cabello bastante largo flotando suavemente en el aire justo frente a mí. Se mueve como si estuviera bailando una coreografía perfecta, jugando con los rayos de sol que lo hacen brillar aún más con el contraluz. Es una pena no tener a mano la cámara con una buena lente para capturar este momento. Me pregunto si es posible fotografiarlo todo. En realidad, sí, ya se hace y vemos imágenes infinitas de cosas así todos los días. Pero creo que esa parte de la percepción que está conectada con las emociones no se ha explorado tanto, o al menos eso me parece.
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Son cuadros, encajes, composiciones donde dominan los contrastes y los colores intensos o las sombras profundas, no hay mucho más, tan solo el gusto por la fotografía y la satisfacción que procura sentirse influido por ciertas tendencias artísticas, estilos y también fotógrafos. Soy un aficionado a la fotografía heredero de imágenes que me han ayudado a moldear una manera de fotografiar, y estoy en deuda con todas esas influencias.
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Voces superpuestas flotan en el aire, fragmentos de palabras que se cruzan sin encontrarse y que sin proponérselo atraviesan diferentes planos. Los rostros se miran a través de un cristal empañado, aparentemente desfigurados por ondas de luz que convierten la charla en un eco confuso que no alcanzo a entender, y que tan solo me permite registrar ese instante con una fotografía. Una instantánea, una única fotografía que no puede mentir por sí misma, tan solo se limita a registrar parte de ese tiempo.
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Mejor no decir nada, mejor olvidarme de las excusas y las justificaciones. No puedo evitarlo, es sentarme en la mesa de un bar o de un café y sucumbir al impulso irrefrenable de tomar alguna instantánea. Y ya me da igual si llevo una u otra cámara porque en caso contrario ahí está el móvil para tentarme. Y lo reconozco, soy débil, no tengo la fuerza de voluntad suficiente para ofrecer una pizca de resistencia. Al menos esta página me brinda la posibilidad del desahogo, que no es poco.
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La fotografía amateur tiene su encanto. A menudo no nos damos cuenta de cómo actuamos, yo el primero, lo admito. Esto puede llevar a situaciones curiosas e incluso divertidas, donde una serie de factores se combinan en coincidencias visuales inesperadas. Cuando estamos frente a la escena, tenemos que organizar todo y decidir qué incluir en el encuadre, como leía en el blog de un amigo fotógrafo hace unos días, y todo esto en cuestión de segundos. Luego está el tema de la apertura, la velocidad, la compensación de la exposición… por eso me sorprenden a menudo los resultados, aunque también es cierto que solo hay unos pocos instantes realmente interesantes.
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Parece un personaje más, como si hubiera salido de una fotografía de Meyerovich pero aún fuese parte de ella. Tal vez las personas que aparecen en nuestras fotografías lleven una vida paralela dentro del cuadro, donde son más felices, tienen un futuro mejor y enfrentan una realidad menos dura que la que vivimos hoy. En ese mundo diferente, capturado con intención, quizás no haya un genocidio contra el pueblo palestino, ni un peligroso personaje en la Casa Blanca, ni un líder ruso que haga nuevas amenazas, y ni siquiera la ultraderecha mundial esté tomando el control de la sociedad. Tal vez ese otro mundo fotografiado sea el verdadero, el lugar feliz. La fotografía nos ayuda a imaginar, y por qué no hacerlo de manera positiva. De vuelta a este querido espacio, espero que tod@s estén bien. Seguimos…
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Me gustan los espejos. Fotografiar escenas donde los espejos forman parte de la historia me abre interesantes caminos. Esa otra realidad que no aparece detallada, que se muestra incompleta donde todo son interrogantes. Mundos paralelos, realidad simulada, el rollo cuántico ese…, en fin mil posibilidades para imaginar. Y por esa puerta que deja entreabierta el reflejo en el espejo me escapo por unos días. Son vacaciones, esa cosa de la que disfrutamos de vez en vez. Unos días de retiro, caminata y relajación, poco más. Nos “vemos” a la vuelta. Sed buen@s,… o no.